Los reinos animal, vegetal y mineral constituyen la base de la clasificación clásica de la naturaleza. Esta división fue propuesta por Aristóteles y ampliada posteriormente, aunque hoy la biología moderna utiliza sistemas mucho más complejos para clasificar a los seres vivos. Así, por ejemplo, los perros domésticos son ubicados en un escalón relativamente alto dentro del ranking general de inteligencia del reino animal, llegando incluso a equipararse su capacidad cognitiva con la de un niño de entre dos y tres años de edad.
Son animales extraordinariamente hábiles para la convivencia con los humanos. Aunque no ocupan la cúspide de la inteligencia no humana, se afirma que ostentan el primer lugar en fidelidad, lealtad y apego al hombre. Algunos sostienen que el caballo podría superarlos en este aspecto, pues éstos crean vínculos muy profundos con sus cuidadores y jinetes, a quienes reconocen y responden emocionalmente. Sin embargo, la relación del perro, cultivada durante miles de años de convivencia, lo ha convertido en el compañero “irracional” más fiel que conocemos.
Los cristianos habremos escuchado alguna vez las prédicas de nuestros pastores sobre textos como Deuteronomio 22:6-7 o el Salmo 147:9. Recuerdo haber atendido las prédicas interpretativas de los sacerdotes Marcelo y Paúl sobre estos pasajes en el sentido de que, si alimentamos, cuidamos y respetamos a los animales, Dios nos bendice. Sin duda, nuestro apreciado hermeneuta religioso y vecino de columna, el padre Bolívar Jiménez, podrá explicarlo mucho mejor.
El Día Mundial del Perro se conmemora hoy 21 de julio, con el propósito de llamar la atención sobre una realidad preocupante: el abandono y el maltrato que sufren millones de perros en todo el mundo. Resulta contradictorio ver a muchos dueños que los exhiben buscando admiración para sí mismos, como si los perros fueran un accesorio o una prenda destinada a resaltar su imagen con apariencia espectacular, pero sin darles buena alimentación ni libertad.
Hoy aflora a mi memoria mi inolvidable Charlie, quien apenas vivió dos años. Un daño renal congénito le impidió completar su ciclo vital. Aquel fatídico 23 de enero de este año dejó este mundo, devolviéndome a una soledad que, mientras él estuvo a mi lado, nunca llegué a sentir.
Al despedirme de él pronuncié unas palabras que, en realidad, necesitaba escuchar yo mismo: ¡Cuánto daría, Charlie, para que tus recuerdos no me llevaran al llanto, sino al consuelo; para que el tiempo —que no deseo largo ni colmado de sufrimiento— transformara este dolor en una serena gratitud por el privilegio de haberte tenido a mi lado! (O)







