Debo comenzar advirtiendo que escribo desde mi profunda ignorancia teológica, y desde mi posición, apenas esbozada, de ateísmo. En la Primera Carta de Juan se lee: «El que no ama, no ha conocido a Dios, porque Dios es amor.» (1 Jn 4:8). Pero si Dios es amor, ¿qué es el amor? La filosofía ha ensayado formas de definirlo y de descifrarlo, desde la capacidad gratuita de darse, pasando por el deseo, la amistad, la alegría, hasta la responsabilidad infinita con el otro. Lo interesante es que en Juan el amor no es una consecuencia de la fe, pues, al contrario, la práctica del amor sería la evidencia de Dios, es decir de aquella forma en la que con-vivimos con los otros. El amor no es entonces un sentimiento sino un criterio de existencia, que se verifica en la opción voluntaria de quien lo sostiene. Y esto parece comprensible hasta para el más ateo (como yo). El amor solo puede ser conocido y comprendido en la propia práctica del amor que actualiza permanentemente el concepto, la experiencia y hasta la ética. Nietzsche dio que lo que se hace por amor está más allá del bien y del mal. Paulo Freire por otro lado, dijo que la educación es un acto de amor y, por eso, un acto de coraje (de valentía) pues sin duda hay que ser valiente para comprometerse de forma libre y voluntaria en la formación de otros hombres y mujeres sin esperar nada a cambio, sin que ese proceso se convierta en algún tipo de mercancía. Por eso también hay que ser fuerte, solvente y temerario, pues el amor no consiste únicamente en cultivar una disposición afectiva sino en cuestionar las estructuras que nos impiden ser seres humanos completos, es decir, cuestionar las estructuras de dominación que nos impiden amar-nos. Quizá por eso la teología de la liberación fue anti-capitalista. (O)




