Desde hace algunos años, expresar opiniones sobre temas políticos, que son todos los que inciden en la convivencia social, se ha convertido en una actividad riesgosa.
Familias se han fraccionado y amistades han terminado porque los integrantes de esas relaciones vitales no piensan de la misma manera y no han sido capaces (algunos o todos los involucrados) de conversar o discutir sin tratar de imponer asumiendo que poseen la verdad.
Traigo a colación el tema, porque como les habrá pasado –eso espero-, he tenido y tengo conversaciones con amigas/os, con las que hemos discrepado incluso airadamente sobre temas varios, sin que nos hayamos ofendido, ni lesionado la relación de cariño y respeto que nos une desde hace décadas.
La experiencia de disentir es enriquecedora, nos pone frente a otras perspectivas, nos permite escudriñar para aprender, aclararnos, ratificar o cambiar. Lo que nos funciona es escuchar al otro, exponer nuestro punto de vista, argumentar sin tratar de convencer sin enojarse ni tomarlo personal, callar cuando es lo cabe para abrazarnos sin resentimientos.
La política importa, pero más la familia y los amigos. (O)






