Ni capitalismo ni socialismo son el problema, sino las personas

El debate político contemporáneo suele reducirse a una discusión tan recurrente como estéril: CAPITALISMO versus SOCIALISMO. Con frecuencia, se atribuye el éxito o el fracaso de una nación a la etiqueta del sistema económico que adopta, olvidando que ningún modelo, por sí mismo, garantiza el bienestar colectivo. Un sistema —del griego systema, que significa “organización en conjunto”— es un marco de normas e instituciones destinado a ordenar la vida social. Sin embargo, los sistemas no actúan por sí solos: son las personas quienes les dan sentido, los fortalecen o los corrompen. La experiencia histórica demuestra que la prosperidad o el fracaso de un país dependen mucho menos del modelo económico elegido que de la calidad ética y moral de quienes ejercen el poder y de quienes integran la sociedad. Cuando las instituciones funcionan con integridad, incluso sistemas muy distintos pueden generar estabilidad, crecimiento y bienestar. En cambio, cuando predominan la corrupción, la improvisación o el interés particular, ningún modelo logra evitar el deterioro económico, político y social.

El verdadero desarrollo de una nación descansa sobre cuatro pilares fundamentales. El PRIMERO es la fortaleza de las instituciones y el respeto al Estado de derecho. Sin reglas claras, justicia imparcial y seguridad jurídica, cualquier proyecto de país termina debilitándose. El SEGUNDO pilar es la calidad de sus gobernantes. La honestidad, la competencia, la visión de largo plazo y el compromiso con el bien común son condiciones indispensables para que cualquier sistema produzca resultados sostenibles. El TERCERO corresponde a la cultura cívica de la ciudadanía. Una democracia sólida requiere ciudadanos educados, críticos y participativos, capaces de exigir transparencia, fiscalizar al poder y cumplir con sus propios deberes. FINALMENTE, está la responsabilidad ética de los actores económicos. Empresas, trabajadores y emprendedores deben generar riqueza y prosperidad sin sacrificar el bienestar colectivo ni el respeto a las normas.

Cuando una nación colapsa, rara vez la causa es una teoría económica. El problema suele encontrarse en el deterioro de sus instituciones y en las fallas humanas de quienes las integran. Ningún sistema, por prometedor que parezca, puede sostener una sociedad donde la corrupción y la falta de ética se han normalizado.

Reitero, el éxito de un país no depende de si se declara capitalista o socialista, sino de la calidad de sus instituciones, de sus líderes y de sus ciudadanos. Antes que enfrascarnos en un debate ideológico interminable, deberíamos concentrarnos en fortalecer los valores, la integridad y la responsabilidad que hacen posible el verdadero progreso. (O)

Padre Bolívar Jiménez

Padre Bolívar Jiménez

Sacerdote, 1981. Licenciado en Ciencias Religiosas, Diplomado en Derecho Canónico y Doctor en Derecho Civil. Vicario Episcopal y Vicario Judicial de la Arquidiócesis de Cuenca. Docente, Párroco de Cumbre.