El mundo se muestra a través de las palabras. Me refiero al mundo, que ya es una construcción elaborada sobre lo real. Lo real se ordena y organiza a través del mundo, la cultura y la palabra, pero habría que reconocer que estos aspectos simbólicos poseen cierta autonomía, es decir, no se corresponden absoluta y definitivamente con lo real. Más bien parecería que tratamos de hacer que lo real, coincida con lo simbólico, en un juego imaginario marcado por el poder, la costumbre y la adaptación. Si no perdiéramos esta puntualización, podríamos volver a repensar los conceptos que organizan el mundo, en momentos de extravío, en vez de insistir en la rigidez totalitaria de la realidad expresada en esa patética forma positivista, determinista y de alguna manera derrotista que dice que “las cosas son como son”. Pero habría que preguntar justamente eso ¿Y cómo son las cosas? Y aquí cabe también puntualizar que no nos referimos a los objetos (que pasan por cosas), sino a las cosas entendidas en su sentido original, como causas asuntos o procesos. Por supuesto, que estas cosas acontecen en el devenir y, por lo tanto, en el ámbito de la pura indeterminación, puesto que el devenir está expuesto a las tensiones y disputas propias de la condición humana, deseos e intereses. Así, la palabra es la primera herramienta política porque en la designación se juega el sentido o el rumbo del mundo. Por ejemplo, podríamos denominar a la explotación minera en fuentes de agua como minería necesaria y sostenible, o, como un crimen. Los imaginarios que genera una u otra expresión son radicalmente distintos, y con ellos, también las posibilidades de comprender y actuar sobre el mundo. (O)






