Mercado de valores

No me referiré al mercado de valores donde se compran y venden acciones, bonos e instrumentos financieros. Eso dejémoslo a los expertos en empresas e inversiones, que hoy pululan por todas partes, tantos como las universidades que entregan pomposos títulos a cambio de importantes sumas de dinero.

La intención es hablar de otro mercado de valores: aquel relacionado con los principios y cualidades que orientan nuestra manera de pensar, actuar y relacionarnos con los demás; aquellos que nos permiten distinguir entre lo correcto y lo incorrecto, lo justo y lo injusto, lo bueno y lo malo. En nuestro pasado moral —morada, hogar— esos valores eran prácticamente universales, aunque no siempre fueran practicados por todos: amor, respeto, honestidad, responsabilidad, solidaridad, justicia, generosidad, tolerancia, perseverancia, lealtad…  constituían referentes para la convivencia.

Pero advinieron tiempos grotescos, acompañados de ideologías extravagantes que, al parecer, terminaron distorsionando incluso la teoría de Einstein. El genial científico formuló la relatividad especial y luego la general, demostrando que espacio y tiempo no son absolutos y explicando la gravedad como una curvatura del espacio-tiempo. ¡Hasta ahí, todo bien!

El problema aparece cuando algún corto de entendimiento, amparándose en aquello de que “todo es relativo”, concluye que nada es cierto ni absoluto y que cada cual puede construir sus propios valores a la medida de su pensamiento o conveniencia. Así ocurre en ocasiones en reuniones familiares o de amigos: cada quien justifica sus actitudes y acciones diciendo: “Así es mi manera de pensar”. Como si pensar de determinada manera bastara para convertir lo incorrecto en correcto.

Es cierto que los valores humanos son productos culturales y que, al igual que la lengua, pueden estudiarse sincrónica y diacrónicamente, observando cómo han cambiado a través del tiempo y según las distintas culturas. Pero reconocer su dimensión histórica no significa aceptar que todo sea relativo.

Ahora que asistimos a calamidades que antes no habíamos vivido, quizá sea necesario recuperar la búsqueda de valores universales, sustentados en virtudes fundamentales: dignidad, respeto, honestidad, justicia, responsabilidad y solidaridad. ¡Aquí aparece la Ley Moral!

La ley moral puede entenderse como una norma que obliga a la conciencia, independientemente de que exista una escrita por el Estado. Y quizá allí esté la diferencia entre una sociedad que simplemente tiene leyes y otra que posee moral. La ley escrita establece lo permitido y lo prohibido; la conciencia nos dice qué debemos hacer incluso cuando nadie nos observa.

Por eso, este otro mercado de valores necesita ser depurado y enraizado nuevamente en una Ley Moral, pues, si todo vale, nada vale… (O)

Dr. Edgar Pesántez

Dr. Edgar Pesántez

Médico-Cirujano. Licenciatura en Ciencias de la Información y Comunicación Social y en Lengua y Literatura. Maestría en Educomunicación y Estudios Culturales y doctorado en Estudios Latinoamericanos.