Lo real es complejo. Sin embargo, el pensamiento, para captarlo, ha preferido la claridad, la distinción y la precisión. Obviamente no lo ha logrado, al contrario, ha caído con frecuencia en reduccionismos simplificadores y erróneos. Al eliminar todo aquello que es ambigüedad o desorden, la inteligencia se enceguece. No se puede mutilar la realidad y desear la certeza. Hace falta un pensamiento complejo, y en palabras del propio Edgar Morin, esto es imposible. La complejidad es un fenómeno abierto que tiene que ver con la incertidumbre, donde incluso el orden está relacionado con el azar. Un sistema abierto que requiere un método dialógico y translógico. Esto se explica también en la medida que si existieren leyes de organización de lo viviente no serían leyes del equilibrio sino del desequilibrio, de un dinamismo estabilizado, si se quiere. Un dinamismo que adquiere inteligibilidad en la relación de unos sistemas con otros sistemas. Por eso Morin se pregunta si no será un signo de patología el querer encerrar a la realidad dentro de un solo sistema coherente. De ahí plantea que el hombre vive entre dos delirios, el primero, la incoherencia absoluta; el segundo, la coherencia absoluta. Y luego nos dice que no debemos deificar a la razón a pesar de que sea nuestra única herramienta de conocimiento. (O)









