Mi artículo de la semana pasada: ¿FUIMOS SIEMPRE ASÍ?, cosechó juicios de valor que ponderaron ciertos detalles, en apariencia minúsculos. Las líneas que siguen se enancan en aquella narración y buscan saber si entre ustedes, amables lectores, algunos también tuvieron experiencias similares. Para quien escribe, sobre este y análogos temas, es grato saber que su mundo personal se hermana con quienes me honran con su lectura.
Cuando inicié mi traslado de residencia por motivo de trabajo o de capacitación: de Sígsig a Cuenca, de Cuenca a Quito, de Quito a Riobamba, de Riobamba a Bogotá y finalmente a Guayaquil, sucedió lo inevitable: alguien quería saber dónde y cuándo había nacido. La curiosidad se acentuaba de manera especial en el litoral por traer a cuestas costumbres diversas, por tener vocabulario y entonación de voz distintos. En los años sesenta, la migración serrana a Guayas era reducida.
¿Cómo afiancé mi presencia en Guayaquil, ante los alumnos? Trabajando por ellos, exigiéndoles buen comportamiento, fortaleciendo el deporte y creando actividades de interés para ellos. ¿La joya de la corona? Me peguntaron, un buen día, dónde y cuándo había nacido. Sin titubear contesté: “En Sígsig, cantón azuayo, el 9 de octubre de 1935”. Esta fue la llave de ingreso al corazón de aquella fantástica juventud. Un foráneo había nacido en la fecha más querida por ellos. Esto y muchos detalles que omito, por no ser este el lugar, hicieron de mi presencia en el colegio Cristóbal Colón de Guayaquil, una de las etapas más bellas de mi vida.
Sentirme feliz de haber nacido en un pequeño pueblo de la serranía y satisfecho por haber sido útil y apreciado en el litoral, son motivos suficientes para ser grato con mi Creador. Sígsig es un pueblito, anclado en las estribaciones del Matanga, que nunca arrinconó su desarrollo. (O)



