La virtud de la alternabilidad

Más de una vez recibo de mis seres queridos, como un clamor sentido, el “mejor no digas nada”. Es una frase inocente, producto de su genuina preocupación, pero que debería preocuparnos en cualquier democracia. Detrás de ella puede haber prudencia, por supuesto, pero también miedo. Miedo a perder un trabajo, a quedar marcada frente a una institución, a convertirme en blanco de ataques en redes sociales o a que una opinión termine involucrando a la familia. Lamentablemente esto no solo me sucede a mi, demasiadas personas comienzan a calcular el costo personal de expresar lo que piensan lo que lastima profundamente a la democracia.

Por eso la alternabilidad tiene un valor que supera ampliamente la idea de entregar el poder a otro. Quien hoy administra el poder, controla presupuestos, instituciones y espacios, incluso los de comunicación, mañana puede necesitar exactamente las mismas garantías que ahora debe reconocer a sus críticos. Esa incertidumbre sobre quién gobernará mañana es, paradójicamente, una de las mayores seguridades que ofrece la democracia.

Las democracias comienzan a debilitarse cuando la certeza del cambio se desdibuja. Pueden seguir existiendo urnas, campañas y candidatos mientras, al mismo tiempo, se instala una cultura en la que disentir resulta progresivamente más costoso. El silencio entonces ni siquiera necesita ser ordenado, basta con que el ciudadano empiece a calcular si puede permitirse hablar. Un funcionario que calla porque teme perder su empleo, el empresario que evita pronunciarse porque depende de contratos o permisos, el periodista que mide una pregunta pensando en las consecuencias o un académico que prefiere no publicar una opinión. Incluso la familia que pide a uno de sus miembros que “mejor no se meta” porque teme que el costo de la exposición termine alcanzándolos a todos. Es suficiente con que el ciudadano aprenda cuáles son las consecuencias posibles de hablar para que comience la autocensura.

De allí que la alternabilidad sea también una garantía contra el miedo. No asegura buenos gobiernos ni convierte automáticamente en virtuoso a quien llega después. Su valor es otro: impide que una sociedad termine confundiendo a un gobierno, que es temporal, con la institución, que es permanente, y a una mayoría electoral circunstancial con la totalidad de sus miembros. Sobre todo, recuerda algo elemental que las democracias frágiles necesitan repetir con frecuencia: el poder se recibe por un tiempo; la libertad de los ciudadanos, en cambio, no debería entregarse nunca. (O)

@avilanieto

Dra. Caroline Ávila

Dra. Caroline Ávila

Académica. Doctora en Comunicación. Especialista en Comunicación Estratégica y Política con énfasis en Comunicación gubernamental. Analista académica, política y comunicacional a nivel nacional e internacional.