Metacognición

Estamos acostumbrados a demostrar cuánto sabemos, pero pocas veces nos preguntamos cómo llegamos a saberlo. Repetimos ideas, defendemos opiniones y tomamos decisiones sin detenernos a examinar qué ocurre en nuestra mente. Allí aparece la metacognición que es la capacidad de reconocer, analizar y regular nuestros procesos de pensamiento.

En la educación, por ejemplo, no basta con memorizar contenidos, cumplir tareas o aprobar un examen. Un estudiante necesita preguntarse qué comprendió, dónde encontró dificultades, qué estrategia utilizó y cómo podría mejorar. Así deja de ser receptor de información y se convierte en protagonista de su aprendizaje donde el error, incluso, se convierte en una oportunidad para aprender.

Sin embargo, nadie piensa en el vacío. Desde una perspectiva sociocultural, nuestras ideas están atravesadas por la familia, la escuela, los medios, las redes sociales y los grupos a los que pertenecemos; pero, ¿cuánto de aquello que consideramos “pensamiento propio” lo hemos razonado y cuánto simplemente aprendimos a aceptar?

Y es que conocernos también implica examinar nuestras certezas, reconocer que podemos equivocarnos, revisar argumentos y tener la capacidad de cambiar de opinión cuando existen razones suficientes para hacerlo. Además, tengamos presente que también pensamos desde una cultura. Creencias, costumbres, valores y experiencias condicionan nuestra manera de interpretar aquello que consideramos normal, correcto o verdadero.

En tiempos de información inmediata, opiniones rápidas e inteligencia artificial, necesitamos ciudadanos capaces de detenerse, cuestionar y comprender cómo construyen sus certezas. Quizá el verdadero pensamiento crítico comience precisamente con una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿esto realmente “lo pienso” o aprendí a pensarlo así? (O)

Nancy Negrete

Nancy Negrete