Leer la economía ecuatoriana exige hoy algo más que observar cifras. En tiempos de inteligencia artificial (IA), petróleo al alza y mercados financieros altamente sensibles, el verdadero desafío consiste en distinguir entre estabilidad macroeconómica y bienestar económico.
Los indicadores recientes ofrecen razones para un moderado optimismo. La economía mantiene una trayectoria de crecimiento, la inflación permanece contenida y el sistema financiero exhibe capacidad de captación y colocación de recursos. El crédito sostiene el consumo y acompaña parcialmente la inversión. A ello se suma un renovado interés privado por proyectos de generación eléctrica, indispensables para mejorar la competitividad y reducir una vulnerabilidad energética que el país ya conoce demasiado bien.
Sin embargo, las cifras agregadas esconden una realidad menos confortable. El empleo continúa siendo una de las mayores deudas económicas, especialmente para jóvenes profesionales que, después de años de formación universitaria, enfrentan dificultades para encontrar trabajos y remuneraciones acordes con sus capacidades.
La inseguridad constituye otra restricción económica. La penetración de organizaciones criminales en actividades como la minería ilegal deteriora la institucionalidad, desalienta la inversión formal y eleva los costos de producir. Combatir este fenómeno exige instituciones capaces de romper los vínculos entre economía ilegal, corrupción y estructuras de poder. La IA puede ayudarnos a procesar millones de datos; no puede decidir qué sociedad queremos construir. El verdadero indicador de una economía saludable seguirá siendo su capacidad para transformar estabilidad en inversión, productividad, seguridad y, sobre todo, empleo digno. (O)





