Parece un día propicio para aportar con una reflexión sobre la identidad. En términos individuales, preguntar ¿quién soy? Nos proyecta al camino del autoconocimiento, es decir, de la filosofía. En términos colectivos, preguntarnos quienes somos nos permite retrotraernos al drama del mestizaje en los términos de una heredad que nos sigue proyectando como una sociedad profundamente racista. Lo interesante es que somos racistas y odiamos aquello mismo que nos constituye, de tal manera que nos despreciamos estructuralmente. No tenemos autoestima y esa es la principal causa de nuestro subdesarrollo que no solo está signado por las condiciones de inserción en el mercado mundial en calidad de proveedores de materia prima y mano de obra barata, sino porque no tenemos la posibilidad de generar otra relación con el mundo más que la sumisión. Entonces es imposible invocar soberanía cuando no podemos defender lo que es nuestro, porque nos despreciamos profundamente, y porque ignoramos lo que somos. ¿Qué es el mestizo? sigue siendo un gran misterio. Cuando no hemos podido reconstruir, como pueblo, una identidad histórica, y, sobre todo, cuando no somos capaces de proyectar una identidad futura. Como dijo Nietzsche, quien tiene un porqué para vivir, encontrará casi siempre el cómo, no nos define solo de dónde venimos, sino a dónde vamos, es decir la posibilidad de forjar nuestro sentido y nuestro propósito fuera de las predeterminaciones. Y aquí la pregunta es ¿quiénes queremos ser? Por lo tanto, la pregunta por la identidad es la primera responsabilidad política de un individuo y de un pueblo emancipado. (O)





