La familia en el Azuay: Una esencia que se desvanece

La familia, considerada históricamente la célula fundamental de la sociedad, enfrenta hoy una crisis de identidad sin precedentes. Más allá de las discusiones sobre sus formas jurídicas, su verdadera esencia “sine qua non” radica en elementos estructurales y espirituales indestructibles: 1) la FILIACIÓN, 2) el PARENTESCO, 3) la SOLIDARIDAD RECÍPROCA y 4) ese CONSORCIO DE VIDA orientado a la permanencia y el cuidado mutuo. Son estos pilares, que garantizan la madurez emocional y el relevo generacional, los que hoy parecen desvanecerse con alarmante rapidez en el entorno global y, de manera muy particular, en nuestro medio azuayo.

Al mirar nuestra realidad (y yo con, ojos de pastor), se percibe un paisaje humano fragmentado. Los jóvenes del nuevo milenio, sumergidos en una preocupante inmadurez y seducidos por el relativismo, ya no se plantean la construcción de un hogar estable y fecundo (ni siquiera civil). Observamos con molestia una juventud que prefiere la inmediatez de relaciones transitorias, donde la entrega mutua se confunde con el utilitarismo, y donde el compromiso a largo plazo provoca temor. Por otro lado, la dolorosa realidad de la migración en nuestra provincia ya no siempre responde al legítimo deseo de superación; en muchos casos, se ha convertido en una vía de escape para mantener una comodidad momentánea sustentada desde el exterior, evadiendo la responsabilidad de arraigarse y edificar en su propia tierra. Estamos ante la penetrante confirmación de los «hombres y mujeres light» denunciados por Enrique Rojas: seres livianos, sin ideales profundos ni raíces sólidas.

Esta disolución silenciosa no puede dejarse en manos del tiempo ni de la indiferencia. La descomposición del tejido familiar exige una respuesta coordinada y firme del Estado, la sociedad y, de manera imperativa, de la Iglesia. El Estado debe proveer políticas públicas que protejan la estabilidad del hogar y fomenten el empleo local para frenar el desarraigo.

Por su parte, la Iglesia está llamada a una profunda autocrítica y renovación. No podemos conformarnos con una pastoral que se queda en la superficie de los conceptos, en documentos bien redactados pero mal asimilados por la comunidad, o en prácticas egolátricas fuertemente publicitadas para competir en el “mercado” religioso. La Iglesia debe volver a las calles, humanizar su mensaje y acompañar el dolor y la confusión de la juventud con cercanía real. Redescubrir la esencia de la familia no es un capricho del pasado, sino la única garantía para el futuro de nuestra sociedad. (O)

Padre Bolívar Jiménez

Padre Bolívar Jiménez

Sacerdote, 1981. Licenciado en Ciencias Religiosas, Diplomado en Derecho Canónico y Doctor en Derecho Civil. Vicario Episcopal y Vicario Judicial de la Arquidiócesis de Cuenca. Docente, Párroco de Cumbre.