Intento borronear algunos renglones para captar su atención sobre temas o tópicos que bien vale meditar. Con demasiada frecuencia se nos presentan distractores que impiden reflexionar para analizar nuestro entorno. Este universo, que es nuestro nido, presencia cambios insólitos y no siempre tiene la respuesta adecuada y pronta. La celeridad de los procesos no deja margen para un análisis previo y posterior.
Sobre lo que hoy sucede nada tenemos que decir, no somos culpables. Estamos inmersos en un torrente de cambios. La vida nos embarcó en un tren de máxima celeridad. El mañana en contados minutos ya es un ayer vivido a prisa y con sobresaltos. No escogimos este estilo de vida. Somos hijos del tiempo. Nacimos en una época plagada de sorpresas, a cuál más interesante, pero también inmensamente frágiles y perecibles. Sin embargo, aún vale repetir: ´gracias a la vida que me ha dado tanto´.
En el desconcierto de nuestra época, existe una meta que nos atrae, que hace de estos años algo maravilloso, un espacio para vivir de manera diferente, que ha sabido canjear con éxito el frenesí y el vértigo por la paz y la cordura. Es por eso que aún estamos aquí. Vivimos. Somos de ayer y percibimos el mañana a cada instante. Vivimos el futuro.
Nuestras mentes, aptas para tocar tierra, tienen sus pistas anegadas por torrentes de confusión y devaneo. Es emergente limpiarlas: aclarando ideas, despejando horizontes y fortaleciendo voluntades. Propongo: revisar conceptos porque la confusión engendra el caos; cambiar lo frágil y perecible por metas exigentes y duraderas; armarnos de pasión para enfrentar espejismos y lisonjas; codiciar el trabajo y el esfuerzo enterrando la molicie y el quemeimportismo.
Defendamos nuestra identidad. Rescatemos la mente y la voluntad si alguna vez las enajenamos. En la búsqueda del bien jamás será demasiado tarde, pero … no juguemos con el tiempo. (O)









