A propósito de las dificultades que enfrenta la industria mediática, se vuelve todavía más preocupante y urgente fortalecer la práctica de un periodismo independiente. Portadas de medios que otrora fueron señal inequívoca de contrapeso al poder hoy provocan vergüenza cuando parecen convertirse en simples megáfonos de la agenda política oficial. El problema no está en publicar información favorable al Gobierno, sino en renunciar al rigor, al contraste de fuentes y a la distancia crítica que distingue al periodismo de la propaganda.
La escuela tradicional de Diario Hoy, que enfrentó las presiones del gobierno de León Febres Cordero en los años ochenta, y cuyo semanario Blanco y Negro fue semillero de un periodismo de investigación apegado al profesionalismo, al rigor y a la transparencia, difícilmente reconocería en ciertas portadas actuales el legado que contribuyó a construir. La reciente publicación del nuevo Diario Hoy, con acusaciones sobre un proceso que continúa bajo investigación judicial, obliga a preguntarse dónde quedaron los principios de verificación, contraste y presunción de inocencia. La denuncia merece investigación periodística, pero los titulares no pueden sustituir el trabajo de jueces y tribunales, ni convertir las hipótesis de una investigación en sentencias anticipadas.
Algo similar preocupa en la prensa guayaquileña. El Universo, que protagonizó uno de los enfrentamientos más emblemáticos por la libertad de expresión durante el correísmo, presenta hoy portadas cuyo tratamiento informativo merece un examen crítico por su proximidad con las narrativas oficiales. La independencia no se demuestra por la capacidad de confrontar a un gobierno determinado, sino por mantener los mismos estándares profesionales frente a cualquier poder, independientemente de su orientación política.
Fundamedios documentó 100 agresiones contra la libertad de expresión durante el primer semestre de 2026, de las cuales 46 fueron atribuidas a actores estatales. A esta realidad se suma el riesgo de que las propias salas de redacción pierdan autonomía frente a intereses políticos o empresariales. Cada vez que desaparece una perspectiva crítica, una investigación incómoda o una voz capaz de contrastar el relato oficial, perdemos todos nuestra capacidad de comprender y cuestionar el poder. La reducción de perspectivas reduce también la democracia. Por eso, la crisis del periodismo independiente merece atención urgente de las universidades, las carreras de comunicación, las redes de investigación y los organismos de observación y defensa de la libertad de expresión. La conversación no puede quedarse en las redes sociales. Defender la independencia periodística es una obligación profesional y, sobre todo, una responsabilidad moral con la democracia. (O)
@avilanieto



