Entre finales de julio y mediados de septiembre, cuando los vientos arrecian con velocidades de hasta 20 y 30 kilómetros por hora, limpiando el cielo de niebla, garúa y nubes; el espacio, ahora si celeste, se llena de multiformes estelas de luz sostenidas por la euforia infantil desde los campos despejados que ofrecen las cosechas, …










