Una vivienda construida con bahareque —una técnica tradicional que combina madera o bambú con tierra y arcilla— puede reducir cerca del 40 % de la huella de carbono a lo largo de su vida útil, en comparación con una casa edificada con bloques y cemento.
Ese es el resultado de una investigación desarrollada por la Universidad de Cuenca, en colaboración con instituciones científicas de Suiza, que evaluó de forma integral los impactos ambientales, sociales y culturales de esta técnica constructiva aún vigente en comunidades del Austro ecuatoriano.
El estudio analizó un modelo de vivienda mínima de 83 metros cuadrados, diseñada para tres personas y evaluada durante 60 años, comparando dos sistemas: mampostería convencional y bahareque.
Los resultados muestran que, solo en el sistema de muros, el impacto climático del bahareque representa apenas el 15,4 % del generado por paredes de bloque y cemento.
Cuando se evalúa la vivienda completa, la huella de carbono baja de 18,8 a 11,8 toneladas de CO₂ equivalente.
“Estamos hablando de una reducción significativa del impacto ambiental, siete veces menor en el caso de los muros”, explica Paul Vanegas, docente investigador de la Facultad de Ciencias Químicas de la Universidad de Cuenca. “Esto se debe principalmente a que el bahareque utiliza materiales locales y no requiere procesos industriales intensivos como los hornos de alta temperatura necesarios para producir cemento o hierro”.
Una investigación que cruza ambiente, sociedad y cultura
A diferencia de estudios previos centrados únicamente en materiales, esta investigación incorporó tres enfoques:
- Evaluación del Ciclo de Vida ambiental (e-LCA)
- Evaluación del Ciclo de Vida social (s-LCA) y
- Método etnográfico basado en entrevistas y trabajo de campo.
Las metodologías utilizadas están avaladas por Naciones Unidas y se aplicaron en dos comunidades indígenas: Saraguro (Loja) y Quilloac (Cañar).
“Decidimos dejar de evaluar únicamente el bloque o el ladrillo y analizar la vivienda como un todo”, explicó Catalina Sucozhañay, docente investigadora de la carrera de Sociología de la Universidad de Cuenca.
“Una cosa es medir el impacto de un material y otra muy distinta es entender qué implica una vivienda en términos ambientales, sociales y culturales”, agregó.
Para Sucozhañay, el interés por el bahareque surgió porque cumple dos condiciones: es una técnica constructiva funcional y utiliza materiales locales que ya habían mostrado mejores desempeños ambientales en investigaciones anteriores.
“Lo que queríamos entender era si estas técnicas, que vienen usándose desde hace mucho tiempo, pueden ser vistas hoy como una alternativa más sostenible”, aseguró.
Menor impacto ambiental, pero con matices
El análisis ambiental ampliado, realizado con el método Environmental Footprint v3.1, que evalúa distintos efectos sobre el medio ambiente a lo largo de toda la vida de la vivienda, mostró que el bahareque reduce entre 10 % y 40 % el impacto en al menos 15 categorías, incluyendo cambio climático y consumo de recursos energéticos.
Sin embargo, el estudio también identifica mayores impactos en dos categorías: uso del suelo y toxicidad humana no cancerígena, asociados al uso de madera o bambú y a los tratamientos químicos para su preservación.
No obstante, las observaciones de campo revelan que se están adoptando alternativas menos tóxicas para tratar la madera, lo que permite mantener la durabilidad de las viviendas reduciendo estos efectos negativos.
Condiciones laborales y vida comunitaria
La evaluación social arrojó resultados contrastantes. En el caso de los trabajadores de la construcción, se identificaron altos niveles de satisfacción laboral y orgullo por el conocimiento técnico, pero también bajos niveles de formalización, ausencia de contratos escritos, escaso acceso a seguridad social y debilidades en seguridad y salud ocupacional.
“Las personas que trabajan con estas técnicas están en la informalidad, y eso es un problema serio. Pero al mismo tiempo, existe un fuerte sentido de pertenencia y orgullo porque ese conocimiento viene de la comunidad. Esto es importante a la hora de evaluar la sostenibilidad de la técnica”, indicó Sucozhañay.
Para Sebastián Martínez, técnico de investigación y responsable del componente social del proyecto, los resultados muestran una tensión que atraviesa todo el sector de la construcción en Ecuador.
“Las condiciones laborales informales se repiten tanto en la construcción industrial como en la tradicional. La diferencia es que en el bahareque encontramos salarios promedio ligeramente más altos y mayor satisfacción laboral, vinculada a la identidad cultural de las comunidades”.
En contraste, los habitantes de las viviendas evaluadas reportaron altos niveles de satisfacción en salud, seguridad, funcionalidad, confort, estética y adecuación cultural.
A nivel comunitario, los impactos fueron mayoritariamente positivos, especialmente por la activación de prácticas colectivas como la minga y la preservación del patrimonio cultural.
Bahareque, identidad y ruptura del estigma
El trabajo etnográfico identificó tres pilares que sostienen la continuidad del bahareque:
- La organización comunitaria (Ayllullakta)
- La familia (Ayllukuna)
- La minga como forma de trabajo colectivo.
Estos mecanismos no solo facilitan la construcción de viviendas, sino la transmisión intergeneracional del conocimiento técnico.
“Una vivienda no es solo un objeto para vivir, es también un objeto cultural. En Saraguro y Quilloac, construir con bahareque está ligado a la identidad, al idioma (quichua) y a la forma de organización comunitaria”, subraya Martínez.
El estudio también aborda el estigma social que pesa sobre las construcciones en tierra, tradicionalmente asociadas a «pobreza».
“En Saraguro ocurre casi lo contrario. Hay un movimiento de arquitectos indígenas que defienden estas técnicas y las adaptan a la arquitectura contemporánea. Una casa de cemento no siempre es bien vista si no refleja la cultura del lugar”, cuenta Vanegas
¿Puede incidir en políticas públicas?
Los autores coinciden en que los resultados no implican una aplicación inmediata, pero sí abren un debate necesario.
“Primero tiene que haber un reconocimiento de estas prácticas. Luego deben incorporarse en los debates municipales, en los planes urbanos y, eventualmente, en la política pública. Pero eso requiere tiempo y mejoras, especialmente en las condiciones laborales”, sostiene Sucozhañay.
Vanegas añade que los actuales programas de vivienda tienden a replicar un mismo modelo en todo el país, sin considerar clima, materiales locales ni cultura.
“Las casas que analizamos en Saraguro y Quilloac sí responden a esas necesidades, incluso en confort térmico. Eso debería ser parte de la discusión”.
Más allá del impacto ambiental
El estudio también evaluó el fin de vida de las viviendas. A diferencia de la construcción convencional, donde los escombros terminan en escombreras, en las casas de bahareque la tierra vuelve a la comunidad y puede reutilizarse, reduciendo residuos y costos de gestión.
Además, se destaca su mejor comportamiento sísmico frente a estructuras rígidas.
“Cuando hablamos de sostenibilidad, no podemos mirar solo el costo o solo el impacto ambiental. Tenemos que ver el conjunto: ambiente, sociedad, cultura y, ojalá, economía», concluye Vanegas.
«Este estudio no da respuestas definitivas, pero sí aporta datos y una metodología para empezar a tomar decisiones mejor informadas”.
Más noticias:
Universidad de Cuenca lanza libro científico-gastronómico sobre la cúrcuma












