Salud

Hace poco circuló en redes sociales un video grabado en uno de los centros públicos de salud del país. En el lobby central, una operadora de turnos iba anunciando, a gritos, cada especialidad médica. Tras cada anuncio, la respuesta era la misma, dicha entre risas nerviosas y cansancio acumulado: “no hay”.   La escena, repetida una y otra vez ante una sala atestada de personas, condensaba en segundos una experiencia cotidiana para miles de ciudadanos: la certeza de llegar al sistema público con una necesidad y salir con una negativa.

Esa voz resonaba con otra imagen que estremeció al país: una madre abrazando a su hijo, devuelto sin vida en una caja de cartón. El hecho golpeó por lo que simboliza: una realidad en la que la salud deja de ser un derecho garantizado. No hay atención oportuna, no hay recursos suficientes, no hay condiciones mínimas para una atención digna. En estos días un ciudadano llegó desde Tiwintza con su hija enferma. Sabe que la situación es intolerable, pero se resigna. Trajo parte de su cosecha para venderla y así cubrir la medicina, la comida y los días de estadía que sean necesarios hasta que su hija mejore. No se queja. Agradece lo poco que recibe. 

En este contexto apremiante, resulta una buena noticia que, al menos en sectores rurales de Cuenca, se empiecen a fortalecer servicios de salud de primer nivel. La puesta en funcionamiento del hospital municipal en la parroquia El Valle representa un alivio concreto para comunidades que históricamente han estado al margen de la atención oportuna. 

Este nuevo hospital se integra a una red de servicios municipales que incluye a Farmasol y al Hospital del Niño y la Mujer, consolidando un modelo de atención más cercano, preventivo y territorial. No resuelve, por sí solo, la crisis estructural de la salud pública, pero sí recuerda algo esencial: cuando el sistema nacional falla, los gobiernos locales pueden -y deben- actuar para que el “no hay” deje de ser la respuesta habitual frente al dolor.

REM

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REDACCION EL MERCURIO