Siempre fue un secreto a voces: la corrupción en la Agencia Nacional de Tránsito (ANT). No ahora. Quien sabe desde si desde su creación.
A cambio de coimas, de silencios comprados, de sonsacar hasta a los guardias, las mafias enquistadas en la institución han hecho de las suyas.
Claro, para que esas mafias edifiquen su reino, se enriquezcan y paseen su impunidad, era necesario la otra parte: la de los usuarios de los servicios que brinda la ANT. No todos, por su puesto.
De esa complicidad, nadie sabrá finalmente cuántas licencias de conducir, en las diferentes categorías, fueron a manos de choferes ineptos; igual la renovación de estos documentos; ni qué decir las matrículas de vehículos, gran parte de dudosa procedencia. Igual los permisos de operación para centenares de cooperativas de transporte.
Pruebas simuladas han sido poca cosa frente a la entrega directa de las licencias. El valor de la coima, tasado de acuerdo a la categoría; como la eliminación de las sanciones.
Cuesta creer que siendo la corrupción uno de los más graves problemas, según lo han demostrados las encuestas, sus tentáculos hayan alcanzado a las máximas autoridades de la Agencia, si bien, por el momento, se habla de presunciones.
Asimismo, cuesta creer que alcaldes de varios cantones, los concejales fiscalizadores, no hayan puesto el ojo al ver que en las respectivas empresas municipales se matriculaban vehículos cuyo número superaba con creces al que en verdad rueda en sus jurisdicciones.
El operativo realizado días atrás descubrió tan aberrante engranaje de corrupción, tanto como para corroborar que el pez se pudre por la cabeza.
Y ahora, durante un mes, que puede ser más, represados todos los trámites. Eso genera pérdidas económicas hasta al mismo Estado, ni se diga a los ciudadanos.
Si el sistema ha sido adulterado para cometer tantas fechorías, debe ser modificado, sustituido.
Bien lo dicen muchos: el país está podrido.






