Un gobernante, con mucha mayor razón ahora que las tecnologías de la comunicación imperan, está en el ojo crítico de sus mandantes.
Cuanto diga, calle, refute y hasta informe, de inmediato es respondido con las más vario pinta de las reacciones.
Ya es común leer que entre gobernantes se dicen de todo, y hasta ponen en riesgo las buenas relaciones entre sus países.
Saber comunicar también es un reto, pero pocos lo logran, pese a estar rodeados de asesores, en varios casos desoídos por el envanecimiento que otorga el poder.
Saber discrepar pero con talento, con conocimiento, con diplomacia, con respeto hacia el otro, igual, es otro reto, que, asimismo, pocos gobernantes lo tienen; o, si lo tienen, es desbordado por las pasiones bajas, la intolerancia, la vanidad.
¿Puede, por ejemplo, un primer mandatario opinar sobre lo que no conoce, o conoce a medias; que da por ciertas medias verdades; o ha puesto en marcha operativos y acciones en contra de sus rivales políticos con el fin de arrinconarlos, llegando incluso a tomar sus resultados –sesgados por cierto– para difundirlos y terminar hablando barbaridades que hasta le ponen en mal predicamento?
En estos últimos días, Cuenca no sale del asombro tras oír al gobernante sobre que el agua potable que consumen sus habitantes, literalmente, está poblada de coliformes fecales.
Que una investigación fiscal, ahora tan de moda, determine cuan ciertos son los informes entregados por una institución estatal, habrá calado hondo en la ciudadanía y estará procesando si lo que se acusa es verdad o parte de una campaña de desprestigio.
Más allá de quienes han dirigido los destinos de Cuenca, la calidad del agua potable ha sido incuestionable, como también lo es el tratamiento al que son sometidas las aguas residuales.
No hay razón para alarmar a toda una población, más aún poniendo en duda la calidad de un servicio del cual depende su salud.





