La Tricolor llegó hasta donde pudo llegar en el Mundial de Fútbol, no hasta donde sus integrantes se propusieron. Tampoco hasta donde soñó la afición deportiva.
En el fútbol se gana, se empata o se pierde. En el partido contra México la opción era una sola: ganar, la misma meta del rival.
No se logró. Toca volver a casa, como hasta ahora lo han hecho otras selecciones grandes, campeonas.
No queda nada para el reproche. El país mal puede dejarse agobiar porque a la Selección se le acabó el Mundial.
Los jugadores, unos más, otros menos, los más hasta el extremo; igual el equipo técnico, pusieron todo de sí para pasar a la siguiente fase del torneo ecuménico.
Y eso es lo que finalmente vale. La afición deportiva debe valorar esa actitud por encima de la pasión, del fanatismo, de la esperanza evaporada. Al mismo tiempo, reconocer el esfuerzo del rival. Es lo que menos se puede esperar en el ámbito del deporte, cualquiera que este sea.
Claro, eso no se puede esperar mucho de quienes, incluso de algunos de los que saben de fútbol, se dan modos para censurar, para adjetivar a la Selección, endilgándola de todo, como si con su eliminación se acabara el país, o ellos mismo.
Los jugadores, el entrenador, merecen respeto. La euforia, extendida hasta el paroxismo, que generó la victoria ante Alemania mal puede embarrarse con la derrota ante México.
Varios jugadores, símbolos, referentes, entre ellos el nacionalizado Hernán Galíndez, anunciaron su retiro de la Selección.
Ellos, como los que seguirán, merecen la gratitud, el aplauso; el deseo para que sigan esforzándose en un deporte que, como el fútbol, es de alta competición, de complejidad táctica y fuerza física.
Agradecer también al entrenador Sebastián Beccacece. Hizo lo que pudo. Se sabe que los DT cargan, solos, la cruz de la derrota; menos el laurel de la victoria.
Ánimo a los jugadores, al cuerpo técnico, a la hinchada tricolor, a todo el país. Otra vez será.



