La crisis eléctrica está a la vista. Sus primeras consecuencias comienzan a reflejarse con apagones en algunas ciudades.
La decisión gubernamental de disponer que las empresas de alto y mediano consumo de energía se desenchufen del Sistema Nacional Interconectado, primero durante 24 horas, luego 48, más tarde 72 horas, fue señal evidente de que la crisis rondaba.
En estos días, en varias ciudades los temidos apagones eléctricos aceleraron la preocupación y la ira ciudadana.
El embalse Mazar que abastece al complejo hidroeléctrico Paute, día tras día disminuye porque no llueve. El estiaje se muestra con todo el rigor. Y pensar que recién comienza.
Igual panorama se observa en las cuencas hídricas donde se ubican otras hidroeléctricas.
Pocos días después de expresar que ningún hogar se quedará sin luz eléctrica para despecho de sus “odiadores”, el presidente Daniel Noboa anunció ayer el mantenimiento general de las redes de transmisión y de distribución, previsto para el sábado próximo.
Se lo hará, dijo, para que el país se prepare para los peores meses del fenómeno de El Niño, y que serán desde noviembre de 2026 hasta febrero de 2027.
Aunque no esté en lo correcto, la gente asocia mantenimiento con apagones. Ya ocurrió el año anterior cuando en varias ciudades del litoral, al reclamar por la suspensión del servicio durante varias horas y por algunos días, se dijo que la causa obedecía al mantenimiento.
Frente a ese panorama incierto, aunque ni tanto porque la realidad climática es evidente, el Gobierno debe actuar sin medias verdades, ni eufemismos, ni pensando en las elecciones, peor echando la culpa a sus antecesores.
Tampoco puede entrar en desesperación, como la de obligar a unos a desconectarse, sacrificando la producción; a otros, informando con sutilezas, o haciendo tareas que debieron hacerse mucho antes.
Nadie quiere que la crisis se ahonde; pero urge hablar con la verdad aunque duela y pase factura.







