Edgar Jesús Giménez Perdomo tiene 41 años, es venezolano, bachiller y estudiante universitario. Vive en Cuenca desde hace ocho años y depende de una máquina para seguir con vida.
Pero también depende -como muchos migrantes- de algo menos visible: su capacidad de resistir, adaptarse y trabajar, incluso cuando el cuerpo ya no responde como antes. Migró desde Venezuela empujado por una crisis que no fue solo económica, sino profundamente humana.
“El sueldo no me alcanzaba. Salía de un trabajo para meterme en otro y aun así no era suficiente. Casi no dormía”, recuerda. Durante diez años trabajó como operador de transporte superficial en la empresa CA Metro de Caracas. El agotamiento era constante y el futuro, incierto.
Llegó a Ecuador junto a su hijo, en busca de estabilidad y una posibilidad real de vivir. Sin embargo, en Cuenca su vida cambió de forma abrupta. Tras una crisis hipertensiva, recibió un diagnóstico definitivo: insuficiencia renal crónica y pérdida total de la función de los riñones. La diálisis se volvió urgente e inaplazable.
El origen silencioso de la enfermedad
Edgar padecía hipertensión desde Venezuela, pero la crisis sanitaria y el colapso del sistema de salud lo obligaron a interrumpir el tratamiento.
“Yo tomaba pastillas para la tensión, pero no se conseguían los medicamentos y además yo estaba muy flaco, ya no sentía ni subidas ni bajadas de presión”, explica.
La pérdida extrema de peso hizo que los síntomas desaparecieran y, con ellos, la sensación de riesgo. “En Venezuela no me dio más nunca nada. Bajé tanto de peso que eso dejó de fastidiarme”, cuenta.
Ya en Ecuador, cuando su cuerpo comenzó a recuperarse, el problema reapareció. “Aquí al tiempo de llegar empecé a agarrar carnita otra vez, pero no sentí nada. Eso me dio de repente”.
La vida después de la diálisis

Edgar migró a Ecuador en busca de estabilidad y acceso a atención médica. / Cortesía
Vivir con insuficiencia renal crónica implica múltiples limitaciones. Así lo explica el nefrólogo Iván Rosero Viteri: “Desde una perspectiva médica, es una condición claramente limitante: en lo nutricional, en la hidratación y en la movilidad”.
En Ecuador, más de diecinueve mil personas dependen de tratamientos de diálisis. Sin embargo, el sistema enfrenta una crisis sostenida por las deudas del Estado con las clínicas que prestan el servicio, lo que pone en riesgo la continuidad de la atención médica. No es un problema de nacionalidad, sino estructural.
Edgar conoció esa fragilidad desde el inicio. La activación de la red pública de salud tardó varios meses. Durante ese tiempo tuvo que pagar diálisis privadas, vender motos y electrodomésticos y costear el catéter que necesitaba para sobrevivir.
“Yo no podía caminar ni hablar bien. Estaba muy contaminado, pero igual me iba como podía a hacerme la
diálisis, porque si no iba, no sobrevivía”, recuerda.
Las consecuencias en su cuerpo han sido severas. Edgar ha sufrido seis infartos. En uno de ellos estuvo clínicamente muerto. “Mi mamá dice que me llevaron al hospital morado, sin respirar”, cuenta.
Un médico decidió intervenirlo de inmediato, le colocaron un stent y logró salvarle la vida. Actualmente presenta acumulación de líquido en los pulmones, fatiga constante y dificultad para respirar.
Los médicos le han indicado que pronto deberá usar oxígeno en casa, un gasto que su familia no puede cubrir. “El desgaste energético-proteico es una de las principales afectaciones en pacientes en diálisis”, explica Rosero.
“La pérdida muscular y de fuerza es progresiva si no existe un acompañamiento nutricional adecuado”.
A esto se suma el impacto emocional. “El hecho de depender de una máquina genera depresión. Los índices son mucho mayores que en la población general”, advierte el especialista.
Edgar lo asume desde otra lógica. “Yo no pienso en si me voy a morir mañana. Pienso en lo que hay que hacer hoy. El que vive pensando en la muerte, se muere más rápido”.
Trabajar, incluso así
Antes de enfermar, Edgar llevaba una vida altamente activa. “Me paraba a las seis de la mañana, hacía bailoterapia, caminaba, corría y vendía en ferias”. Hoy ya no puede realizar trabajos de carga pesada, pero no dejó de producir. Junto a su familia prepara y vende tortas, donas, galletas, trufas y tequeños en las calles de Cuenca.
También trabaja como delivery cuando su estado físico se lo permite. “Hay que producir. Si no hay torta de manzana, se hacen donas. Y si no se venden las donas, se venden tequeños”, afirma.
Migrar sin red de apoyo
Para un migrante con una enfermedad crónica, la situación es aún más compleja. No siempre existe una red familiar amplia que sostenga la emergencia. El migrante suele ser su propio respaldo económico. Su principal apoyo es su madre, Liliam Perdomo, una mujer mayor de 60 años que continúa trabajando en la calle para cubrir los gastos del hogar.
Su hijo, Ángel Jiménez Rosello, de 15 años, estudia en Cuenca. “Mi mamá es una guerrera. Y mi hijo es mi motor”, dice. Edgar ya no está en lista de trasplantes y no contempla regresar a Venezuela. “Aquí me cubren la enfermedad. Allá quedaría a la deriva”, afirma.
“Yo soy un resiliente. Siempre estoy buscando qué hacer, sobreviviendo”, dice. Vive con cansancio, limitaciones e incertidumbre, pero sigue de pie. Conectado a una máquina, sí. Pero, sobre todo, conectado a la vida. (I)
La diálisis en Ecuador: una crisis que no distingue nacionalidades

Antes del deterioro físico, Edgar trabajaba en ferias y actividades comerciales. Hoy, pese a las limitaciones,
continúa generando ingresos a través de la venta de alimentos y trabajos ocasionales. / Cortesía
En Ecuador, más de diecinueve mil personas dependen de tratamientos de diálisis para sobrevivir. No obstante, el sistema enfrenta una crisis sostenida debido a las deudas del Estado con las clínicas que prestan el servicio, lo que pone en riesgo la continuidad de la atención médica.
Los retrasos en los pagos han obligado a varios centros a reducir servicios, mientras pacientes con enfermedades renales crónicas viven con la incertidumbre de no poder continuar su tratamiento. Especialistas advierten que la interrupción de la diálisis puede provocar complicaciones graves e incluso la muerte.
La problemática afecta tanto a ciudadanos ecuatorianos como a población migrante y evidencia una falla estructural del sistema de salud que impacta directamente en miles de familias. (I)
“Yo no pienso en si me voy a morir mañana. Pienso en lo que hay que hacer hoy”, dice Edgar Giménez Perdomo, venezolano, bachiller y estudiante universitario.
Datos de interés:
- Más de diecinueve mil personas reciben diálisis en Ecuador, un tratamiento vital que debe realizarse de forma continua para evitar complicaciones graves.
- Los pacientes en hemodiálisis deben acudir a tratamiento tres veces por semana, lo que limita su movilidad y capacidad laboral.
Por: Betania Arismendi
redaccion1@elmercurio.com.ec
Colaboración para El Mercurio
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