Son las 06:20 de un lunes de marzo. Y ni bien abro el ojo, acaso por instinto o por un mal hábito adquirido en el devenir de la revolución digital, empiezo el compulsivo ejercicio cotidiano del “doomscrolling”: desplazarse por las redes sociales y consumir contenido de manera voraz, sin empacho y con algo de búsqueda …









