Las rubias de Hitchcock


Ibrahim Rodríguez El Khori


La única cosa en común entre un genio como Hitchcock y un tipo como yo puede
ser algo tan básico como el gusto. En este caso, el punto de encuentro con el
maestro del suspenso sería nuestro gusto compartido por las rubias y la comida. Sin
embargo, mis motivos, los cuales no tienen que ser mencionados de ninguna forma
en este artículo, son menos reflexivos y no tan dignos como los de una personalidad
excéntrica como la de Alfred Hitchcock.
Si usted es un pretencioso amante del cine, tengo la certeza de que en alguna
ocasión ha visto, o lo han obligado a ver, una de las tantas películas del catálogo de
“Hitch”. Por regla general, como si fuese un rito iniciático, la primera suele ser
Psicosis, la cual deja una intriga que luego se extrapola a la ambición por conocer
más del universo hitchconiano. Desde ese momento nos acercamos a filmes como
La Ventana Indiscreta, La Sombra de una Duda, Vértigo, Los Pájaros etc.
En caso de que esto le haya pasado, estoy seguro de que, dentro de los
denominadores comunes de cada una de estas películas, se habrá dado cuenta de
que están el suspenso, terror, voyerismo, reprensión psicológica y las rubias. Estas
últimas no son casualidad.
De acuerdo con el autor Steven Smith, de las 53 películas de “Hitch”, la mitad tienen
protagonistas rubias. Muchas de ellas seleccionadas de manera consistente,
reiterativa y casi de forma homogénea. A partir de esta constante se empezó a
hablar de un nuevo arquetipo femenino en el cine: “La rubia de Hitchcock”.
Parece utópico que un cineasta, un escritor, un músico o un pintor se abstenga de
verter su opinión —y obsesiones— en una de sus obras. Es por eso que cada
detalle de la estética cinematográfica de Alfred Hitchcock es una extensión de su
cosmovisión.
En un ensayo de 1962 titulado “Elegance Above Sex”, Hitchcock escribió: “Me
gustan las mujeres que también son damas, que tienen suficiente de sí mismas en
reserva para mantener a un hombre intrigado. En la pantalla, por ejemplo, si una
actriz quiere transmitir una cualidad sexy, debe mantener un aire ligeramente
misterioso”.

(Psicosis, 1960)

Dentro de cada una de estas protagonistas, se pueden encontrar características
compartidas en la construcción de sus personajes: mujeres atractivas, sofisticadas,
pudientes, aburguesadas, misteriosas y con connotaciones de doble sentido que se
maquillaban por la etiqueta femenina de la época. Estas especificaciones podrían
haber sido cubiertas por cualquier actriz competente; sin embargo, para Hitchcock
había una necesidad obsesiva porque fuesen rubias.
No se puede negar que para “Hitch” las rubias tenían mucho más atractivo sexual, al
igual que para muchos hombres que nos sentimos atraídos por algo tan superficial
como el color de cabello. Esto no tiene que ver con una tricofilia (fetichismo del
cabello), sino con el encanto por lo diferente…
Esa fascinación tiene raíces profundas. El cabello rubio apareció hace unos 11.000
años en el norte de Europa, producto de una mutación genética que redujo la
producción de eumelanina. Al tratarse de un color inusual, terminó convirtiéndose en
un rasgo deseable, hasta el punto de que algunas civilizaciones antiguas buscaron
desesperadamente replicarlo.
Según Amy Larocca en “The Politics of Blondness”, hubo quienes llegaron a frotarse
excremento de paloma y orina de caballo en el cabello con tal de obtener ese tono
improbable que, por extraño que fuese, simbolizaba belleza, distinción y poder
social. Esto se extendió a la Edad Media y el Renacimiento, donde el rubio era un
símbolo de estética, llegando incluso a estar presente en el arte sacro, donde
elementos con lo puro, limpio y sagrado están relacionados con este color. Desde
entonces el color rubio es un indicador de estatus.

En la actualidad, de acuerdo con datos provenientes de World Population Review,
solo el 2% de la población tiene cabello rubio de forma natural. Así que tampoco
sería ajeno a nosotros el comprender la fijación hacia “lo rubio”.
Ante todo, este bombardeo inconsciente al que hemos estado sometidos como
humanidad, ahora no suena tan extraña la obsesión de Alfred Hitchcock por las
rubias…
Cuando se proyectaba a una rubia en una película de suspenso, con todas las
características nacientes desde el significante, se puede entender con claridad que
Hitchcock buscaba poner en un estado vulnerable a aquello que se proyectaba
como “puro”, “inocente” y “correcto”.
Desde otra perspectiva, la de la rubia como femme fatale, buscaba mostrar una
faceta vista con poca frecuencia dentro de este arquetipo narrativo. La mujer
angelical con una doble vida, algo que incluso podría explicarse desde una
perspectiva psicoanalítica freudiana como la necesidad de ver a una “dama”
corrompida por su medio.
En la larga lista de las rubias de Hitchcock se encuentran nombres como Julie
Andrews, Doris Day, Grace Kelly, Vera Miles, Kim Novak, Ingrid Bergman, Janet
Leigh, Eva Marie Saint y Tippi Hedren.
Esta última declaró haber sido víctima de acoso por parte del director en el rodaje
de las películas “Los Pájaros” y “Marnie”. En la escena final de Los pájaros, donde
se da un ataque por parte de una bandada al personaje de Hedren, se le había
prometido utilizar pájaros mecánicos; sin embargo, Hitchcock utilizó gaviotas reales
que estaban amarradas con hilos.


También se habló de Hitchcock como un obsesivo en cuanto a la vida privada de
“sus rubias”. Tratando de hacer de ellas una extensión de sus deseos. Diciéndoles
cómo vestirse, con quién relacionarse y cómo llevar sus carreras.
Esos deseos neuróticos se vieron plasmados en Vértigo, a través del personaje de
James Stewart como la amplificación de Hitchcock en su necesidad por moldear a
una mujer que no existe. Siendo Hitchcock ese tipo de hombre en los rodajes,
tratando a sus protagonistas como si fuesen de su propiedad.

(Vertigo, 1958)

¿Cuáles podrían ser las razones para este comportamiento errático de uno de los
mejores directores de la historia del cine?
Quizás la estricta educación católica de Hitchcock y la necesidad inconsciente del
“ascenso social” producto de casarse con una mujer de “buenas formas” tuvieron
una fuerte influencia en su carácter. En este momento ya es absurdo especular,
pero parece que nunca está de más hablar sobre los genios y sus fijaciones.
Tal vez, como muchas veces en la vida, un cigarro es solo un cigarro.
O en este caso, una rubia, es solo una rubia…

CMV

CMV

Licenciada en Ciencias de la Información y Comunicación Social y Diplomado en Medio Impresos Experiencia como periodista y editora de suplementos. Es editora digital.
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