Entre el susto y la esperanza

Imagen por la autora. Con autorización de la madre del bebé.

«Amor de todas mis vidas», proclama un grafiti de letras amarillas sobre una pared de ladrillos rojizos, junto a la iglesia de María Auxiliadora, en Cuenca. Aquella declaración, de autor desconocido para quien escribe estas líneas, parece haber encontrado, sin proponérselo, un significado distinto en ese rincón de la ciudad.

A sus pies, entre ramos de hierbas frescas, flores, frascos de aguas aromáticas y el olor penetrante de la ruda, varias señoras mantienen viva una tradición transmitida de generación en generación: las limpias ancestrales.

Allí, el amor al prójimo no se anuncia en grandes discursos. Se manifiesta en una sonrisa, en la paciencia de escuchar un sufrimiento y en el gesto sencillo de dedicar tiempo a quien busca alivio.

Quienes acuden a estas curanderas buscan liberarse del susto, el mal de ojo, las envidias o las llamadas malas energías. Cada persona llega con su propia historia y la esperanza de recuperar el equilibrio.

Para esta tradición ancestral, las energías forman parte de la vida cotidiana. Se habla de aquellas que transmiten bienestar y de otras que pueden alterar la tranquilidad, especialmente después de experiencias dolorosas. Las limpias buscan restablecer esa armonía mediante hierbas, aromas, oraciones y rituales que involucran tanto el cuerpo como las emociones.

Conocí a doña María Manuela, una señora de sombrero blanco, largas trenzas y sonrisa bondadosa. Su hija también ejerce este oficio, heredado de generaciones anteriores. Cada martes y viernes reciben a quienes llegan en busca de alivio, sentados sobre improvisados asientos hechos con baldes de plástico invertidos.

Antes de comenzar, doña María Manuela pregunta por enfermedades existentes y escucha atentamente. Luego invoca a la Santísima Trinidad, en una ceremonia donde las tradiciones andinas y la fe cristiana se entrelazan.

Los ramos de hierbas recorren el cuerpo entre movimientos vigorosos, mientras se escucha una expresión kichwa repetida como una letanía: «¡Kisha, kisha, kisha!». Una fórmula para ahuyentar aquello que perturba la tranquilidad. El paciente debe escupir las hierbas tres veces y pisarlas otras tres.

Siguen las rociadas aromáticas para el susto, las fragancias que se ofrecen para respirar y el ají o chile, empleado para recoger las malas energías. Finalmente, un huevo runa o criollo recorre el cuerpo antes de ser quebrado en un vaso de agua. Doña María Manuela observa sus formas y comparte su interpretación en privado, en un momento de confianza entre la curandera y quien busca su ayuda.

La relación entre el bienestar físico y el mundo emocional también ocupó el pensamiento del médico británico Edward Bach, quien sostenía que los temores, la tristeza y los conflictos interiores podían influir profundamente en la salud. Para Bach, atender las emociones era fundamental para recuperar el equilibrio.

En la fila esperan madres con niños asustados o con mal de ojo, adultos que buscan desprenderse de las envidias, personas que arrastran el susto de un accidente o la angustia de un duelo. Otros simplemente desean recibir protección ancestral.

Durante mis investigaciones supe de médicos que también han llevado a sus propios hijos a recibir una limpia con doña María Manuela. Una muestra de cómo la preocupación por quienes amamos puede llevarnos a buscar alivio en tradiciones que siguen profundamente arraigadas.

¿De dónde proviene esa tranquilidad? No tengo las respuestas. Tal vez del aroma de las hierbas, del contacto físico, de la expectativa de sentirse mejor o de la atención personalizada. Quizá también de esa energía humana que se transmite a través de una palabra amable, una sonrisa o la disposición de escuchar.

Estas señoras han desarrollado una capacidad de observación cultivada durante años. Reconocen la angustia en una mirada, la preocupación en la voz y el cansancio en la postura del cuerpo. Es un conocimiento nacido de la experiencia y del contacto cotidiano con las personas.

La limpia cuesta cuatro dólares y concluye con una pequeña copa de “agua de frescos” con valeriana. Las hierbas utilizadas se desechan y el suelo se barre cuidadosamente para retirar las energías que pudieron quedar. El pago puede hacerse en efectivo o mediante transferencia bancaria, una curiosa convivencia entre tradición y modernidad.

Más allá de los rituales, estas curanderas ancestrales ofrecen algo que nunca pierde su valor: atención, cercanía y esperanza.

Quizá quien escribió «Amor de todas mis vidas» sobre aquella pared de ladrillos nunca imaginó que sus palabras terminarían acompañando a tantas vidas que llegan cargando temores y se marchan con un poco de amor y esperanza.

CMV

CMV

Licenciada en Ciencias de la Información y Comunicación Social y Diplomado en Medio Impresos Experiencia como periodista y editora de suplementos. Es editora digital.