El miedo a la rehabilitación social

María Isabel Cordero

La gente se amontona en las afueras. Un tumulto enardecido, reclama el derecho a vivir en un lugar seguro para sus familias.  Pienso en una imagen inquisidora, perseguían a las brujas y las quemaban vivas; luego, el pueblo se regocijaba de hacer lo correcto en nombre del bienestar común.

Esta semana, mujeres privadas de la libertad, fueron trasladadas a Gualaceo. Más allá de las razones por las que esto sucedió, fue evidente el odio y el miedo. Poderosa combinación para justificar la discriminación y la arrogancia. Porque todos quieren seguridad, pero nadie quiere tener cerca de su casa un centro penitenciario.

Las mujeres privadas de la libertad, en su mayoría, están ahí por microtráfico, hurto y otros delitos menores. Son víctimas de un sistema fallido. No son una amenaza para la paz de nadie. Pero incomodan, hacen ruido, nos recuerdan que somos humanos.

Todos debemos colaborar para que existan lugares adecuados para la rehabilitación social y que esta funcione eficazmente. Esa debería ser la verdadera preocupación colectiva. (O)

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