El resultado del proceso electoral del 16 de noviembre dejó un mensaje inequívoco: el país rechazó, con casi un 60 % de los votos, la agenda planteada por el presidente Daniel Noboa. Esa derrota obliga al Gobierno a una revisión profunda de su hoja de ruta, de su estilo de conducción y, sobre todo, de su equipo. En política, los símbolos pesan, y el gabinete es el primer mensaje del rumbo.
Sin embargo, los cambios anunciados no responden al tamaño del desafío. Contra todo pronóstico —y contra la percepción ciudadana— el denominado “Bloque de Seguridad” se mantiene intacto. Ni Giancarlo Loffredo (Defensa) ni John Reinberg (Seguridad) fueron relevados, a pesar de que el Plan Fénix no ha logrado reducir asesinatos, secuestros ni extorsiones. A pesar del voto de rechazo, el gobierno responde con continuidad.
Los movimientos más visibles fueron la salida de Carolina Jaramillo de la vocería y la renuncia de Edgar Lama al directorio del IESS. Son gestos necesarios, sí, pero insuficientes. Los nuevos nombramientos se concentran en carteras de menor incidencia, mientras que el área de Salud, una de las mayores urgencias nacionales por falta de medicinas, infraestructura y gestión, pasa ahora a la coordinación de la Vicepresidencia. Cambiar sillas dentro del mismo círculo cercano no constituye renovación.
La política reciente ofrece un antecedente claro: el expresidente Guillermo Lasso perdió capital político tras su propia derrota en la consulta popular, en 2023, al no interpretar el mensaje ciudadano. Noboa está a tiempo de evitar ese camino, pero la ventana se estrecha.
Reconstruir la confianza requiere profesionalizar la comunicación gubernamental, reconocer errores y ofrecer señales claras de corrección. Los gobiernos deben escuchar, ajustar políticas y construir relaciones de largo plazo con la ciudadanía. Un gabinete sin renovación real revela lo contrario.








