Comienza un nuevo año: 2026. Nace otra esperanza, se renuevan los ánimos, igual los compromisos, y se trazan metas.
Que el país, con el concurso de todos, gobernantes y gobernados, recupere la paz, el único camino para salir adelante, para ser más productivos, propositivos.
Le urge al Ecuador dejar atrás la ola de violencia criminal, bajo cuyas balas no solo mueren quienes son parte de ella; también los inocentes. Otros, para esquivarlas, abandonan la tierra donde habitan, o se resignan a convivir con el miedo.
No está por demás darle otro voto de confianza al Gobierno, siempre y cuando comience a dar señales de enderezar su rumbo, a decirnos hacia dónde nos está conduciendo; qué está haciendo con los tributos cuyo incremento nos tocó los bolsillos; cuál es su plan real para recuperar la seguridad, comenzando por pagar la deuda social a miles de miles de compatriotas olvidados por el Estado.
Los primeros meses de 2026 será tiempo suficiente para ver si esas aspiraciones comienzan a ser realidad. De verdad, ya es hora de que el Gobierno nos diga que existe para todos, en especial para los sectores menos favorecidos; que está dispuesto a “sacudirse”, a mostrarse por sí solo, dejando atrás esa manía de culpar a otros, de crearse enemigos o de esconderse en el silencio.
Qué bueno sería, por ejemplo, si el presidente Noboa, en concordancia con esa esperanza popular nacida, una vez más, con el inicio de un nuevo año, renuncia a sus vacaciones, limita sus tantos viajes al exterior, y, como en el deporte, se pone la camiseta del Ecuador.
Los ecuatorianos debemos en 2026 dejar la impavidez, abandonar las rencillas políticas que solo dividen. Al contrario, abonar para el desarrollo, para buscar el bien común pese las divergencias; preguntarnos, qué estamos haciendo para un mejor Ecuador.
Procuremos que estas esperanzas no se nos vayan de las manos en este nuevo año. Sí es posible.







