Mónica López
Hablamos de restauración el momento que intervenimos una escultura en su totalidad llegando a devolverle la imagen tal como el autor la concibió, pero dejando constancia de nuestra intervención. Por lo tanto, restaurar es devolver a la obra su parte estética, histórica y material. La restauración, tiene como fin recuperar la integridad física y funcional de la obra, gracias a la corrección de las alteraciones o daños que la afectan.
Restaurar es volver al estado anterior y, en proyección retrospectiva, recuperar la condición original con respeto a la pátina del tiempo. El fundamento es proporcionar la característica perdida o mutilada, siempre y cuando esta devolución no implique que su originalidad se desvirtúe. Por ello, la actividad restauradora es necesariamente aplicación directa sobre la misma obra, pues ésta será la única forma de poder subsanar o enmendar los daños que modifican o alteran su integridad. Ante la urgencia de aplicar procesos restauradores sobre la propia obra, se contrae una enorme responsabilidad, ya que además del deterioro existente cabe el peligro de la manipulación y de los propios medios empleados, que inciden directamente sobre el equilibrio de la escultura. En consecuencia, esta actividad no admite ningún tipo de error, ya que solamente otra restauración puede corregir los fallos. De ahí la gran necesidad de renunciar a toda actuación de dudosa eficacia y de abstenerse de cualquier manipulación que signifique nueva alteración de los valores propios. Es decir que, procedimientos sin técnica, ni ciencia, alterarán al original de forma irreversible. Ante todo, la restauración estará supeditada al respeto de la integridad total y absoluta de la obra, ya que solo así se mantiene la autenticidad de lo que el autor ejecutó y trasmitió. (O)









