CON SABOR A MORALEJA
Hace un par de días recibí un mensaje de alguien a quien le apasiona leer. “Estoy indignado. Tenemos que seguir haciendo lo que esté en nuestras manos para fomentar la importancia de la lectura”, comentó.
Y añadió que había visto un video de algún “influencer” -para mí, esta gente es la que más daño hace a los niños, jóvenes y a una buena parte de la sociedad que no tiene criterio propio quienes miran hipnotizados, hora tras hora, contenido insignificante y nada ejemplar- que afirmaba a la juventud que si no les gusta leer, o si no leen, que no pasa nada…
Al término de nuestra plática me dije que tenía que escribir algo al respecto. Luego de meditar sobre el contenido del video, me di cuenta que hay algo de verdad en él. Se puede sobrevivir sin leer; incluso triunfar en la vida. Pero, si por el contrario, leemos un libro, y luego otro, y otro más, es ahí en donde empieza la magia.
Quien lee desarrolla una mayor capacidad de comprensión y concentración. El cerebro de un lector genera mundos completos, evoca sabores y olores con solo unas cuantas palabras. No necesita estímulos visuales para transportarse al lugar del que está leyendo. A medida que el lector cultiva el placer por leer, adquiere facilidad de palabra; y se vuelve más tolerante pues vive muchas vidas a través de la lectura.
Además, le suceden cosas extraordinarias al sentarse en su lugar favorito mientras lee a Pantaleón y las visitadoras y se contagia del calor asfixiante de los burdeles narrados en la mitad de la selva por Vargas Llosa. O, al leer Como agua para chocolate recrea un mapa mental de la hacienda, el baño oscuro y aspira los aromas que se filtran de la cocina de la novela de Laura Esquivel.
Sin la lectura no supiera el origen de los libros que Irene Vallejo narra de forma magistral en El infinito en un junco. Tampoco hubiera descubierto cómo maniobraban los buzos italianos que dañaron catorce barcos aliados en la bahía de Algeciras durante la Segunda Guerra Mundial, si no caía en mis manos El Italiano de Arturo Pérez Reverte.
Aunque cientos de “influencers” o figuras públicas afirmen que no pasa nada si no leemos; aunque surjan aplicaciones que resumen novelas de 300 páginas en 150 palabras, no me resignaré. Prefiero seguir viajando a mundos lejanos a través de la tinta y papel e imaginarme que presencio de cerca las vidas y peripecias de los personajes que leo.
Cuando se lee no solo se disfruta de la lectura, también se aprende ortografía, signos de puntuación y a narrar con estilo. Que el placer de leer los acompañe en el 2026. Feliz Año Nuevo. (O)





