Mirar con claridad, actuar con pasión y compasión
Vivimos tiempos intensos, marcados por el ruido, la prisa y narrativas que nos empujan a los extremos: al drama o a la indiferencia y en medio de ese vaivén se pierde la capacidad de observar la vida con claridad y actuar desde una mirada verdaderamente humana.
Observar con claridad no significa negar el dolor, la injusticia o la incertidumbre. Significa mirarlos de frente sin exagerarlos ni banalizarlos, entendiendo que la lucidez es el primer acto de responsabilidad. Cuando dejamos de reaccionar impulsivamente y empezamos a comprender, se abre un espacio fértil para decisiones justas, serenas y acertadas.
Mirar sin drama y con más sensibilidad, es reconocer la complejidad de la vida sin convertirla en un espectáculo ni en un arma. Es una acción que necesita pasión para no volverse indiferente, y compasión para no convertirse en imposición o violencia. Solo así, ésta nace del compromiso y no del impulso.
Las acciones que realmente transforman generalmente están en lo cotidiano: en cómo escuchamos, cómo dialogamos, cómo habitamos el territorio, cómo participamos en comunidad sin imponer, sin excluir y sin destruir. Actuar con pasión implica involucrarse; hacerlo con compasión exige respeto por los procesos, por las personas y por la vida en todas sus formas.
Hoy más que nunca necesitamos una ética del hacer con claridad, pasión y compasión. No para reaccionar, sino para sostener. No para imponer, sino para cuidar. Porque cuando la mirada es clara y la acción es consciente, el compromiso se vuelve profundo y duradero. Es en ese equilibrio donde se vuelve posible convivir, transformar y avanzar sin perder lo esencial: La Compasión, que en el budismo: “No es sentir lástima por los demás, sino más bien ver el sufrimiento con claridad, sin apego ni rechazo”. (O)










