El 13 de enero se conmemora el Díadel Periodismo Cuencano, fecha instituida por la circulación del primer periódico de la ciudad, El Eco del Asuay, fundado por fray Vicente Solano. Esta efeméride invita no solo al saludo protocolario a quienes ejercen el denominado por Gabriel García Márquez como “el mejor oficio del mundo”, sino, sobre todo, a una reflexión crítica sobre su estado actual.
En un contexto caracterizado por la pérdida de credibilidad de hombres e instituciones —fenómeno que no excluye a la prensa—, resulta imprescindible que los medios de comunicación y sus profesionales recuperen los referentes éticos de quienes ejercieron el periodismo con dignidad, independencia intelectual y compromiso con la verdad, sin someterse a los intereses de los poderes económicos ni a las presiones políticas.
Superada parcialmente una etapa de censura directa, emerge con mayor fuerza una de las formas más nocivas de restricción a la libertad de expresión: la autocensura. Esta práctica, motivada por el temor a represalias provenientes de los centros de poder económico, político o social, constituye una renuncia voluntaria al ejercicio pleno de la crítica y empobrece el debate público, al convertir al periodista en un agente dócil antes que en un fiscal del poder.
Paralelamente, es necesario problematizar la creciente distorsión del ejercicio profesional del periodismo. Junto a quienes cuentan con formación académica y reconocimiento legal, proliferan actores ajenos a la profesión que, bajo la denominación de “influencers”, utilizan plataformas digitales para desacreditar, elogiar o extorsionar según conveniencias personales.
Este fenómeno, que banaliza la función informativa y vulnera derechos individuales e institucionales, exige una respuesta clara del marco jurídico y de los organismos de control.
Históricamente, el periodismo ha transitado por tres etapas fundamentales: el periodismo ideológico, el informativo y el explicativo. No obstante, en la actualidad, estas categorías han sido desplazadas por una práctica orientada primordialmente a servir intereses económicos y políticos, lo que ha derivado, en algunos casos, en formas de mercantilización y corrupción del oficio, erosionando gravemente su credibilidad social.
La recuperación del prestigio del periodismo cuencano y nacional exige una narrativa sustentada en la objetividad metodológica, pero, sobre todo, en la honestidad intelectual.
Entre la falsa objetividad —limitada a la mera exposición acrítica de hechos— y la interpretación subjetiva, susceptible de error, resulta preferible esta última cuando está guiada por el rigor ético, la responsabilidad social y el compromiso con la verdad. Solo así el periodismo podrá retomar su papel histórico como conciencia crítica de la sociedad y garante del interés público. (O)









