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A veces es difícil decir donde comienza las falsificaciones y donde termina las bromas e incluso en el mundo académico. “En una falsificación biológica, que pretendía ser seria, se inyecto tinta china a sapos para demostrar la perfectibilidad del hombre…; en otra se inventaron una serie de test para demostrar que la inteligencia se hereda de los padres, pero la honradez no era un factor para la inteligencia; o la falsificación del fósil de Piltdown, que confundió a los antropólogos durante 40años, o demostrar que Adán era inglés”.
Cualquiera que fuera las intenciones del bromista, la idea de que la vida apareció por primera vez en la tierra, procedente del espacio exterior, ha sido tan buena como una comida cacera. La vida sobre la tierra, afirman se inició en las cometas, y las enfermedades siguen llegando de ellos, para la cosmología y la política de Cambridge, escritor de ficción imaginativa en que el héroe-científico siempre tiene razón.
En el diario del año de la peste Daniel Defoe, el creador de Robinson Crusoe, no tenía la menor duda de que el lento desplazamiento del cometa por el firmamento presagiaba “una sentencia opresiva lenta, pero implacable, terrible y pavorosa como la peste”. Este fue el último intento de relacionarlas con la epidemia de parte de autores serios, distinto de los chiflados. En cuanto al problema teológico del “Mal”, es que la enfermedad es necesaria para que se produzcan importantes pasos en la evolución y pronto se extinguen.
Al igual que la democracia, la ciencia triunfa hasta ver su evidencia. El universo es grande y violento, pero sobrevivimos porque nuestro vagón, la tierra, va enganchada a una estrella brillante pero pesada, el sol, lejos del tumultuoso centro de nuestra galaxia, la vía láctea. (O)









