Abusar del poder siempre ha sido y es una tentación de quien lo ostenta.
Envanecerse al ejercerlo, sentirse en una nube rosada, creer que todos le deben reverencia, obsecuencia y hasta temerle, son otros de sus complejos y debilidades.
Sería excelente si cualquier aspirante a ejercer el poder, el que sea, primero pase por un examen psiquiátrico riguroso.
Hay quienes, por cuestión del azar, porque no hay otra alternativa para los electores; o estos, con sus votos juegan a la ruleta rusa, se hallan el poder. Esto les basta para, desde una hipócrita mansedumbre, revelarse como lo que realmente son: con personalidades alteradas, con complejos, con iras reprimidas, con egos que los conducen a ubicarse en los altares. Se consideran el “rey de la selva”. Los que deciden qué deben desprenderse de los árboles.
En semejantes circunstancias, exigirles cuentas, que no es igual a rendirlas, puede ser un paso en falso, cuando no un atrevimiento que puede resultar caro.
Reniegan de la fiscalización; pero, a través de sus fichas, la aplican a los otros, a sus críticos y opositores, incluso violentando procedimientos legales y éticos.
El papel de la prensa independiente, de aquella que investiga y denuncia la corruptela, la desidia, la mentira, les molesta. Usando métodos sutiles o torciendo la ley la persiguen. Se valen de testaferrillos disfrazados de legisladores para amordazarla, creando articulejos a fin de provocar la autocensura, pensando que los funcionarios públicos, más claro los conmilitones del poder, son intocables, que no deben ni siquiera ser alcanzados con el pétalo de una flor.
El poder adquirido en las urnas, no siempre con el voto razonado de los electores, les saca de quicio, suficiente hasta para provocar quebrantos en la salud emocional de servidores públicos, con consecuencias colaterales lamentables; pero ellos ni siquiera se inmutan.
Los abusadores del poder deben tratarse del Síndrome de Hubris.












