Un viejo maestro de colegio y de universidad —para más señas, activista de la izquierda—, no por ello menos digno catedrático ni menos consecuente con lo que pensaba, y además ponderado en sus funciones como líder del magisterio, suele enviarme sus criterios sobre temas políticos serios y de aporte académico. Hace pocos días me remitió una copia subrayada en la parte pertinente a la caligrafía y a los médicos, seguramente como un llamado de atención a la profesión que sustentó mi vida.
Para referencia del maestro-amigo, debo comentar que más de una vez, al emitir mis recetas, me han dicho: “Es raro, doctor, que usted tenga buena letra, porque a los demás no se los entiende ni jota…”
Lo señalado dice: “A partir de la instrucción del Protomedicato, todas las recetas debían estar escritas en latín. Con el paso del tiempo —y con el crecimiento de la población y, por tanto, de los enfermos— los pacientes comenzaron a quejarse porque no entendían lo escrito en las recetas. En 1822, Rivadavia ordenó abandonar el latín y escribir las prescripciones en castellano. A los médicos no les gustó la idea y decidieron cumplir la orden, pero escribían con una letra cursiva difícil de leer. Esa fue su venganza ante la intromisión de los pacientes en su relación epistolar con los boticarios. Hoy, en pleno siglo XXI, basta intentar leer una receta para comprobar que la venganza continúa”.
Esta breve referencia sirve de antesala para evocar los añorados tiempos de la instrucción primaria y secundaria, cuando se enseñaban asignaturas que hoy parecen ceniza: caligrafía, ortografía, lectura, trabajos prácticos, cívica, ética… Los maestros eran los primeros en inducirnos en la caligrafía, escribiendo en el pizarrón lo necesario para la comprensión; además, se nos exigía un cuaderno de cuatro líneas para el propósito y, claro está, pluma y tintero.
La caligrafía no solo embellecía la cultura escrita; también educaba la mente, serenaba el espíritu y ordenaba el pensamiento. Varios compañeros que disfrutaban de esta asignatura se proyectaron luego como artistas de la pintura. Hubo ciudadano que hacía gala de su excelente caligrafía hasta que, por azar, ascendió a la política y dejó por el camino sus obras —de plumilla y, sobre todo, de caligrafía— sin aportar ya nada a la sociedad, salvo hacerse eco de algún prófugo de malas entrañas.
Pedagogos clásicos y psicólogos educativos han señalado reiteradamente que la caligrafía aporta beneficios en lo personal, cognitivo, emocional y cultural. En lo que respecta a nosotros, los médicos, las órdenes “desde arriba” para que todo sea digital han hecho que ya ni siquiera podamos pulir la firma, porque hasta ella se ha vuelto electrónica.
Y así, entre teclas y pantallas, también se nos ha ido borrando una parte del alma. (O)









