El mundo se enfrenta a “cosas extrañas” en sus relaciones geopolíticas, y no tiene nada que ver con la serie galardonada que nos llevó a los ochenta, Stranger Things, sino con la imposición de un nuevo orden mundial que no respeta las reglas de la democracia liberal ni los principios del Derecho Internacional.
La deriva democrática se extiende por los continentes y las propuestas orientadas al respeto de la dignidad humana y al desarrollo equitativo pierden vigencia; son reemplazadas por agendas que buscan reducir derechos, instalar el temor frente al extranjero o a lo diferente —a quienes se culpa de todos los males— y debilitar la participación ciudadana en decisiones relevantes.
Del mismo modo, conceptos cuya construcción y consolidación costaron décadas tras la Segunda Guerra Mundial, como la solución pacífica de controversias, la igualdad entre los Estados, el respeto a la soberanía y la no intervención en asuntos internos, parecen quedar de lado.
En su lugar, se impone una agenda basada en el practicismo, la coacción y la resolución de conflictos por parte del más fuerte, con frecuencia orientada a beneficios económicos para unos pocos mediante la reproducción de modelos inmobiliarios a gran escala, la explotación de recursos naturales o el control de rutas comerciales.
Aunque estos cambios parecerían propios de una “nueva época”, entendida como una década o más, lo descrito ha ocurrido en no más de un año, lo que obliga a reflexionar. La historia y la ciencia muestran que este tipo de desafíos autoritarios nunca termina bien y que, casi siempre, quienes más pierden son quienes carecen de recursos suficientes o no están preparados para afrontar estas contingencias. (O)
@andresmartmos









