Carnaval: nombre derivado del latín “carnem levare” o “carnele varium” que significa “quitar la carne”. Es una fiesta que se origina en las celebraciones de sumerios y egipcios, 5000 años atrás y, posteriormente, las festividades finales que llevan a cabo los católicos romanos en los días previos a la Cuaresma, caracterizadas por la abundancia de comida, bebida y toda suerte de festejos.
Hemos heredado, en nuestras tierras, unos carnavales con variadas celebraciones, que demandan previa preparación: guisos de carne de puerco, panadería especial y, por supuesto, dulces de todo tipo: higos, babaco, durazno, membrillo, albaricoque, el clásico manjar de leche y para calmar el frío de las aguas del carnaval, el tradicional canelazo: agua dulce de canela con naranjilla, rociada con zhumir o trago de caña.
En nuestros carnavales morlacos se registra un plus: el juego con agua que se tira a las personas invitadas a una celebración o aún a los caminantes de los espacios públicos y aún más endurecida, en los sectores rurales: un bombazo o un baldazo de agua fría en plena calle, es lo esperado.
Los desfiles con serpentinas y arreglos florales en los carros alegóricos atraviesan las calles de las ciudades, costumbre que está por desaparecer.
Se multiplican las reuniones de familiares y amigos en torno a una espléndida mesa presidida por el clásico motepata y abundancia de dulces y de frutas del huerto, que recibirá, luego de tres intensos días, el ayuno y abstinencia acostumbrados durante los cuarenta días de la Cuaresma, cumpliendo con el ritual del “carnem levare” o abandono de la carne.
¡El Carnaval constituye una fiesta muy esperada y altamente celebrada en todos los grupos sociales! (O)







