Los anuncios de operativos en seguridad son parte de la cotidianidad en Ecuador. Sin embargo hace unos días, un nuevo actor se prestó para evidenciar a través de fotos y declaraciones de actividades conjuntas, un marco internacional al problema interno y local en seguridad. Se trata del United States Southern Command (SOUTHCOM). Quien anunciaba que fuerzas militares de Ecuador y Estados Unidos habían “lanzado operaciones” contra “Organizaciones Terroristas Designadas” en territorio ecuatoriano.
No era un parte técnico. No detallaba capturas, decomisos, territorios intervenidos ni estructuras desmanteladas. No ofrecía cifras. Ofrecía algo distinto: un marco. Hablaba de “narco-terrorismo”, de “flagelo hemisférico”, de “acción decisiva”. Elogiaba el “coraje y la determinación” de las Fuerzas Armadas ecuatorianas. Era un comunicado que no describía resultados sino que construía una narrativa.
En comunicación política, el lenguaje no es accesorio. Cuando el crimen organizado pasa a denominarse terrorismo, cambia el umbral simbólico del conflicto. El narcotráfico es una economía ilegal. El terrorismo es una amenaza existencial. La diferencia no es menor. La primera convoca políticas de seguridad. La segunda legitima doctrinas de guerra.
Ecuador vive una crisis de violencia que exige respuestas firmes. Las cifras son alarmantes y la ciudadanía reclama protección. La pregunta inevitable es qué resultados concretos acompañan esta narrativa. Hasta ahora, la información pública no detalla capturas significativas ni golpes estructurales derivados de esta operación específica.
Ecuador enfrenta un desafío real y urgente. Combatir al crimen organizado exige inteligencia, coordinación regional y reformas estructurales. También exige claridad democrática. La ciudadanía tiene derecho a saber no solo que se lanzan operaciones, sino qué producen. (O)
@avilanieto








