Tal vez uno de los mayores triunfos de las mujeres sea que muchas de sus conquistas se han normalizado. Hoy millones de mujeres estudian, trabajan, viajan o viven solas. Abren una cuenta bancaria, votan, eligen no casarse o no tener hijos. No necesitan un seudónimo masculino para firmar lo que escriben.
Durante siglos, esas decisiones simples no lo eran en absoluto. Hubo un tiempo en que estudiar era un privilegio masculino, en que la independencia económica era casi imposible y en que la voz pública de las mujeres era inexistente. Muchas de las libertades que hoy damos por sentadas han costado sangre, sudor y lágrimas.
Paradójicamente, ese mismo progreso ha creado nuevas expectativas. Hoy ya no basta con participar, también parece necesario destacar. A las mujeres se les pide ser exitosas, seguras, resilientes, productivas, equilibradas, guapas, flacas y, además, felices mientras logran todo eso.
Esa versión actual de la “mujer empoderada” se convierte cada vez más en otra forma de presión. Como si después de conquistar tantos espacios, ahora hubiera que demostrar permanentemente que somos extraordinarias. Porque a lo ya mencionado se suma que la mujer sepa cocinar, tenga la casa limpia, le gusten los niños, las plantas y el fútbol.
Pero tal vez uno de los avances más profundos de nuestra época sea otro, el derecho a no ser heroínas todo el tiempo, a equivocarnos, a cambiar de rumbo, a cansarnos, a estar despeinadas, a elegir cómo vivimos y cuándo brillamos.
Quizá ese sea un nuevo sentido del Día de la Mujer, reconocer que muchas de las libertades y derechos actuales han llegado a un punto extraordinario, se han vuelto cotidianas.
Y aunque aún quedan muchas luchas por delante, por hoy, celebro las ya conquistadas. (O)
@ceciliaugalde









