En la parroquia rural de Chiquintad, las mujeres sostienen tradiciones y emprendimientos que fortalecen a sus familias y comunidad. En el Día de la Mujer, sus historias reflejan la fuerza y el valor de la mujer rural.
En la parroquia rural de Chiquintad, al norte de Cuenca, las mujeres han construido su propio camino entre la agricultura, el comercio y la artesanía. Sus historias reflejan esfuerzo, creatividad y una profunda conexión con las tradiciones de la zona.
En el marco del Día Internacional de la Mujer, cuatro testimonios muestran cómo el trabajo femenino sostiene familias, conserva oficios y genera nuevas oportunidades.
Orquídeas

Una de ellas es Elvia Jara, de 44 años, quien decidió emprender con el cultivo de orquídeas y arreglos florales. Desde su casa mantiene invernaderos donde produce estas flores, una actividad que aprendió hace más de una década y que hoy se ha convertido en su sustento.
“Es bonito tener un trabajo, un emprendimiento, poder salir adelante y no depender de alguien más para decir ‘yo sí puedo’”, comenta mientras muestra las distintas variedades de orquídeas que cultiva.
Abrió un pequeño local en la parroquia para acercar estas flores a los habitantes del sector. Su emprendimiento, asegura, también le permitió apoyar la educación de sus tres hijos.
Para Elvia, el trabajo con flores tiene un significado especial. “Es algo hermoso porque tal vez nunca me regalaron una flor, y ahora estoy rodeada de tantas orquídeas”, dice con una sonrisa.
Dulces caseros

Otra historia es la de Magdalena Gahuancela, de 58 años, quien mantiene viva la tradición de los dulces caseros. Cada fin de semana prepara roscas, suspiros, arepas y empanadas integrales de trigo que vende en la parroquia.
La receta de estos dulces viene de generación en generación. “Mi mamá me enseñó, y antes los papás de ella también hacían”, cuenta. Su madre, Tránsito Merchán, de 79 años, aún la apoya vendiendo los productos.
Las roscas son uno de los productos más solicitados. Incluso, relata que algunos clientes las compran para llevarlas a Estados Unidos como un recuerdo de su tierra.
Hormado de sombreros

En Chiquintad también se preserva el oficio tradicional del sombrero de paja, gracias al trabajo de hormado que hace Gladys Vidal Merchán, de 58 años. Desde niña aprendió a armar y reparar sombreros junto a su padre, Samuel Vidal, heredando una tradición familiar que se remonta a su abuelo.
Actualmente es la única persona en la parroquia que realiza este trabajo. Su labor consiste en dar forma al sombrero, blanquearlo, prensarlo y colocar el cintillo final.
Continúa con el trabajo porque siente el compromiso de mantener viva esta herencia. “He mantenido esta tradición y no quisiera que se pierda”, asegura.
Artesanía

El liderazgo femenino también se refleja en la organización comunitaria. Angelita Viñanzaca es la gerente de la Cooperativa de Producción Artesanal Centro de Bordados Cuenca, integrada por 32 mujeres de zonas rurales de Cuenca, Gualaceo y Paute.
La cooperativa nació hace 37 años como un proyecto de cooperación internacional y hoy produce bordados a mano, especialmente tarjetas con motivos de flora y fauna del país, además de blusas y camisetas.
Para muchas integrantes, el bordado ha sido clave para sostener sus hogares, especialmente en familias marcadas por la migración. “Hay compañeras que están al frente del hogar, tanto en lo económico como en el cuidado de los hijos”, señala.
En Chiquintad, el trabajo femenino florece entre orquídeas, dulces, sombreros y bordados, demostrando que la fuerza de la comunidad también se teje con manos de mujer. (XPA)












