Ni profeta ni paladín

El correísmo, el presidente de la república de ese entonces en particular, se solazaban con sus presos y perseguidos políticos, entre ellos, Galo Lara, Fernando Villavicencio (+), Cléver Jiménez; con los injustamente involucrados en el montaje burlesco del caso 30-S; con quienes, sea o no cierto, le hacían la yuca u otros gestos a “su majestad”, u otros que fueron asesinados por denunciar la corrupción y cuya investigación se hizo humo. La lista es “ad infinitum”.

En esa época, el propio presidente decía que todos los poderes del Estado estaban bajo su órbita omnipotente. La Justicia ni siquiera pestañeaba sin su previo consentimiento. Los medios de comunicación, o desaparecieron o fueron sometidos, comprados, enjuiciados. Algunos resistieron.

Semejante pesadilla parece que ya pasó para vergüenza y dolor de la república. 

Pero no. Ese tufo vuelve a estar presente ahora, si bien no con las características anotadas. Pero nadie puede decir que no podría ocurrir.

El gobierno como que quiere “dar cobrando” por todo aquel historial de vejamen. En sus manos están todos los órganos de control del Estado que, en un estado de derecho, deben actuar con independencia total.

Si quiere Justicia no meta las manos en ella; deje que actúe por sí sola, aun para que investigue sus propios tufos, como los eléctricos, por ejemplo.

¿Por qué Justicia sí en contra del alcalde de Guayaquil, Aquiles Álvarez, menos contra los que lideraron aquellos contratos truchos, en los cuales también habría “goleadas” a los dineros públicos?

No se trata de defender a Álvarez. Pero como que hay gozo camuflado enviándolo a la cárcel del Encuentro, donde están, según la propaganda, los criminales de alto peligro. ¿Aquiles lo es? ¿Su condena ya es un hecho?

Y el presidente sale a informar semejante noticia como sacándose una espina de su espina dorsal.

Nadie duda de las viejas enemistades, envidias o guerras de trono entre las élites guayaquileñas que, en el terreno político, se convierten en blancos perfectos para  francotiradores.

Al fin y al cabo, entre ellas se conocen bien; saben en qué anda metido cada cual, así compartan butaca en el club La Unión, en Mocolí, viajen en el mismo avión rumbo a Miami,  huelan a gasolina o que sean barcelonistas. Cuentan las excepciones.

¿Es la lucha entre el correísmo y el anticorreísmo? ¿El gobierno encarna al anticorreísmo y, por lo tanto, quiere sacárselo de encima?

No. El anticorreísmo no es noboísta, como no fue ni lassista ni morenista.  Veremos qué pasa en las elecciones de 2027. Hasta tanto, gobierne. No se pegue tiros en el pie.

Lcdo. Jorge Durán

Lcdo. Jorge Durán

Periodista, especializado en Investigación exeditor general de Diario El Mercurio