En Irán, el 8M no figura en el calendario oficial, pero se deja ver todos los días en las calles. No se lo conmemora públicamente, aunque se recuerda en gestos discretos como un velo que se retira, una conversación en voz baja, un video que circula antes de desaparecer. Allí, en esos actos mínimos, persiste una fecha que se intentó borrar.
Podemos leer esta historia en tres tiempos. Primero, el 8M que se fue. Antes de la Revolución de 1979, durante el reinado del Shah, Mohammad Reza Pahlavi, la conmemoración era oficial. El régimen impulsó reformas que ampliaron derechos para las mujeres, desde el sufragio hasta cambios en el derecho de familia, pero esos avances provenían del poder y dependían de él. Modernizar no significaba necesariamente democratizar.
Luego, el 8M que fue desplazado. Tras la instauración de la República Islámica, el nuevo orden eliminó la efeméride. Desde 1979, el uso obligatorio del hiyab se convirtió en símbolo del control estatal sobre el cuerpo femenino. La conmemoración se reemplazó por el nacimiento de Fátima, la hija del profeta Mahoma, como el día oficial de la mujer. El mensaje era claro: el rol femenino debía redefinirse dentro del marco religioso y familiar estatal.
Y finalmente, el 8M que resiste. En marzo de 1979, miles de mujeres protestaron contra la imposición del hiyab. Aquella disputa no terminó, pues hoy se refleja en imágenes que recorren el mundo desde Teherán. La lucha por los derechos civiles y la autonomía femenina sigue vigente tras casi cinco décadas de represión. El calendario pudo borrar la fecha. La sociedad no. En Irán, esa fecha ya no es solo un día, sino una forma de resistencia, un recordatorio diario de la lucha por visibilidad y libertad. (O)







