Un licor parido de las entrañas de los plantíos de caña de la ínsula, con su olor dulzón y su peculiar y embriagadora alegría, juntadas a la reina de las bebidas de los gringos, la coca cola y una rodaja de limón como barca a la deriva en la copa, gritan décadas Cuba libre, sin que el mundo se entere ni ayude a liberar su bello y alargado perfil en medio de la turquesa agua del océano.
El fusil y la selva fueron testigos de la toma de su estructura, por un grupo de barbudos que se aprovecharon del desarreglo del aparato político de la bella Cuba y con la rebelde juventud de hippies y droga, que, sin mayor estudio ni razonamiento, pensaron en una revolución comunista como una panacea.
Décadas de la más brutal dictadura que hábilmente eliminaba al que se metía en el camino y al mismo ídolo e ideal de juventudes como es el Che Guevara, fue eliminado por los Castro y su patota, para luego con la mayor desfachatez, crearlo como un dios revolucionario.
La bella e impresionante Habana, con casas señoriales de la época de gloria y al no existir propiedad privada, en poco tiempo se convirtió en un tugurio, donde improvisaban habitaciones y precarios baños y las rumas de pestilente basura se regaba por las calles con la maldición de ratas y perros callejeros. La gente no trabaja, pues se preguntan ¿para qué? pues su esfuerzo no es remunerado y los únicos que sacaron provecho de esta fábula, fueron los Castro y sus allegados, convertidos en millonarios y con la prédica insistente del más obtuso comunismo.
Víctima inocente de idealismos fracasados, que ayudados por potencias extranjeras y la caridad de ciertos países como Venezuela que le mantenía con petróleo, sobrevivían en una deplorable angustia y hambre. Fueron tan hábiles que, incluso, formaron deficientes profesionales, médicos principalmente, para canjearlos como un objeto con prebendas.
Hoy se terminó el cuento con Trump, que sabiendo bien la debilidad del país insular y solo bloqueando la entrada de combustible desde Venezuela principalmente, los tiene agarrados de las patillas. Hoy si, el dictador Díaz Canel, tratando de salvarse o de aguantar el acecho un tiempo más, ruega a los cubanos disidentes prósperos del extranjero y EEUU principalmente, que vengan con sus empresas y negocios y compren propiedades, en la más clara política de libre comercio como en la Jonny. Infelices. Tómenlos presos y que se pudran de por vida en la más negra cárcel americana. (O)






