Literalmente, la ruralidad del Azuay está hecha pedazos tras los estragos producidos por el invierno destructor.
Gran parte de la vialidad rural, apenas tiene lastre. El mantenimiento, si lo hacen, es precario.
Esas vías han sido presa fácil de los aguaceros torrenciales que, casi sin cesar, se han precipitado a entre febrero y en lo que va de marzo de 2026.
Los ríos que corren a lo largo y ancho de la mayoría de las parroquias rurales han crecido de manera exponencial, derribando puentes total o parcialmente, causando derrumbes de toda magnitud, dañando cultivos; en algunos casos llevándose tramos enteros de vías y otros caminos vecinales.
Comunidades de Molletudo, San Joaquín, Chaucha, Ricaurte, Baños, entre otras, claman por atención oportuna. En algunas de ellas, hay poblados enteros que están aislados; pues las vías de acceso están destruidas.
Por lo tanto, urge que entidades como la Prefectura, la Municipalidad, en lo que puedan las Juntas Parroquiales Rurales, aúnen esfuerzos, recursos, la debida coordinación para atender las acuciantes necesidades y sufrimientos de la ruralidad.
A todo ese trabajo también debe contribuir la Secretaría Nacional de Gestión de Riesgos, a más de diagnosticar las consecuencias derivadas del invierno.
La población rural, que es la que con su trabajo diario provee de muchos alimentos y productos a la ciudad, merece ser atendida con acciones concretas; esto es, con recursos, maquinaria para arreglar las vías, los puentes, brigadas médicas. Están demás las proclamas, peor las desavenencias políticas.
En la ruralidad del resto de cantones azuayos los problemas son casi similares, y, por lo tanto, también merecen ser atendidas.
Hay sistemas de riego cuyas “tomas” y tramos de los canales conductores del agua han desaparecido por completo. Para repararlos urge el respaldo institucional, en especial de la Prefectura.
Acción, por favor, acción.









