Siempre me ha parecido hermoso el sonido de las campanas. Más de una vez las he
escuchado sonar en Cuenca. Tienen esa combinación de alegría, paz y también de nostalgia. Y
pareciera que el tiempo retrocediera un poco.
No todos saben que la tradición cristiana de las campanas nació en Campania, al sur de Italia,
hacia el siglo V, cuando comenzaron a sonar para llamar a los fieles a la oración. Con el
tiempo, su eco se extendió por pueblos y ciudades del mundo, marcando no solo las horas,
sino también la vida de las comunidades. Algunas incluso se han utilizado para anunciar la
libertad, algo que siempre me ha parecido fascinante.
El título de este artículo inevitablemente evoca a Ernest Hemingway y su célebre novela “For
Whom the Bell Tolls» (Por Quién Doblan las Campanas). Hemingway aprendió el oficio de
periodista en The Kansas City Star, periódico con el que también tuve la oportunidad de
colaborar hace un tiempo. Quizá por eso, cada vez que escucho doblar una campana en
alguna ciudad del mundo, no puedo evitar pensar en la memoria que guardan esos sonidos.
En Kansas y en muchas ciudades de los Estados Unidos, el sonido de las campanas ha ido
mermando con el tiempo y se ha vuelto una tradición casi extinta. Pero así son las ciudades en
todas partes: algunas hablan con sonidos y otras con silencio.
Recuerdo mi experiencia en Turín, Italia, en la Casa Mamma Margherita. Desde mi balcón
podía ver el frontispicio de la Basílica de María Auxiliadora y, a cada hora, sonaba el Ave María
entonado con campanas. Es un recuerdo que me trae sentimientos encontrados: la paz de un
santuario frente a la realidad de tener que reportar la guerra de Kosovo y el calvario de los
refugiados.
Por eso las campanas siempre despiertan en mí memorias y sensaciones especiales. Cuando
trabajé con Telemundo en México, tuve la oportunidad de conocer pueblos pequeños. Incluso
los más alejados y casi olvidados tienen una particularidad: las torres de sus campanarios son
enormes y sobresalen en el paisaje. Tal vez por eso existe el dicho: “cuanto más pequeños los
pueblos, más se notan las iglesias”
.
Me gusta también la leyenda de la catedral de Puebla. Cuenta que la campana que llevaron en
1729, llamada María, era tan grande que no había fuerza humana capaz de subirla al
campanario. Se dieron por vencidos y la dejaron en el suelo. Pero al día siguiente apareció en
lo alto de la torre, lista para sonar. Dicen que los ángeles la subieron durante la noche. De ahí
el nombre de Puebla de los Ángeles.Puestas por ángeles o no, el tañir de una campana no solo se escucha: se siente. Es el sonido
del tiempo llamando al alma.
Durante siglos las campanas también han doblado por quienes se van. En muchos pueblos de
Latinoamérica aún se escuchan esos redobles solemnes que anuncian la despedida de un ser
querido. Un sonido lento y profundo que atraviesa el aire y le recuerda a la comunidad que una
vida ha terminado.
Por ello, las campanas han acompañado los momentos más importantes de la vida humana:
llaman a la oración, celebran bodas y fiestas, advierten peligro y también doblan cuando
alguien parte. Es como si cada ciudad guardara un corazón de bronce en lo alto de una torre.
Y así, cuando una campana suena en Cuenca, algo dentro de nosotros se detiene un instante.
Como si la ciudad recordara, a través del bronce, que el tiempo pasa… pero la memoria
siempre permanece.
Como una campana que nunca deja de sonar.











