Aunque parezca increíble México ha invadido 2 veces Estados Unidos de Norteamérica, una en 1812 y la segunda en 1916. No oficialmente, por supuesto, si no más bien a través de ciudadanos comunes hablemos. Un “bandido” (llamado así por ellos) de nombre Doroteo Arango motejado e idolatrado por los mexicanos como Pancho Villa que se dio el lujo de ocupar la ciudad estadounidense de Columbus más por razones personales antes que por políticas. El presidente estadounidense W. Wilson, afectado en su honor personal y en su orgullo de dignatario, mandó a su general Pershing a perseguirlo, sin éxito. Un año después volvió con el rabo entre las piernas y sin el mismo brazo izquierdo como había ido a darle caza para matarlo. Villa moriría pocos años después acribillado por sus connacionales.
Patricio Lumumba era un ídolo africano gregario de la emancipación de los pueblos tercermundistas. Había seguido vibrante el triunfo de Fidel Castro en Cuba y deseaba para su continente el fin del expolio de los países occidentales. Eso lo ponía en una posición dolorosamente favorable a Moscú y contrario al liberalismo económico encabezado por EE.UU. que envió a uno de sus servicios de espionaje más letales, la CIA, y lo mató. Hoy la cosa desconsoladamente no ha cambiado. Con la tecnología de punta favorable a su lado, bloquean señales adversarias defensivas, espían día y noche, utilizan transportes y bombarderos con invisibilidad, no tienen escrúpulos en lanzar edificios enteros y matar, inocentes incluidos, a sus enemigos, o llevarlos a ese país para aplicar su justicia. El silencio cómplice de Naciones Unidas favorece más y da pábulo para que se continúe con esta práctica letal.
Si pensábamos que estas arbitrarias intervenciones estadounidenses eran por la democracia, los derechos humanos y más bla, bla, bla, –que ellos ponen como argumento, aunque cada día menos gente les cree– se equivocaron. Son para mantener sus privilegios económicos y el usurpo del mundo que, como hemos visto, se da desde centenares de años. (O)









