La cifra que alcaldes, prefectos y el gobierno nacional destinan para publicidad, en mucho escapan a toda lógica, a la realidad en la que se debate el pueblo, aun a los escasos ingresos de las instituciones que administran.
Bajo el concepto comunicacional de que lo que no se informa no existe, aquellas autoridades no escatiman ningún esfuerzo, ahora no tanto para colocar vallas publicitarias por doquier, cuanto para que sus imágenes, sus voces, junto a las obras que ejecutan o planean hacer, aparezcan en todas las redes sociales, incluyendo en sus propias cuentas, y en los medios digitales que ahora proliferan, sin que nadie sepa cómo sobreviven.
La publicidad en los medios tradicionales es escasa, aunque no tanto en los radiales y televisivos, y cuesta lo que cuesta su alcance, el de sus audiencias, en especial su credibilidad.
Otro “cantar” son las redes de troles que, bien pagadas y aunque en el anonimato, se ponen al servicio de quienes les alimentan económicamente. No solo que informan, lo cual es mucho pedir, sino que tergiversan, replican, ensalzan, inventan y lanzan dardos contra los críticos de sus patronos.
A las puertas de las elecciones seccionales, que ahora serán en noviembre próximo, alcaldes y prefectos que están en pos de la reelección destinan cifras digamos que astronómicas en una especie de evidente campaña electoral anticipada.
Igual procede el gobierno central; y en todos los casos, entregando a dedo la publicidad, por lo general, disfrazada de información.
Las denuncias van y vienen, muchas a pretexto de fiscalización. Es parte de la lucha electoral en marcha, solo que sesgada, porque sobre lo que hacen o contratan sus autoridades coidearios lo pasan por alto, no les conviene; no así la de sus rivales, contras los cuales despotrican y exigen cuentas.
El pueblo intuitivo, con sentido crítico, que esté bien informado, sabrá poner en su puesto a cada cual.








