Como Calvario se conoce a la colina ubicada a las afueras de Jerusalén, espacio donde tuvo lugar la crucifixión de Jesús. Del mismo modo, existen fórmulas que asfixian y se apoderan de un escenario común en contra de la democracia y del orden constitucional en un Estado. La historia lo cuenta. Cuidado. Puede ser un nuevo calvario. Es un calvario. Miremos.
La democracia se fundamenta en varios elementos, más allá de un día de sufragio, elección o voto, como prefieran llamarlo las autoridades de cualquier órgano electoral. Es lo mismo. Pero, en estricto sentido, la democracia requiere libertad, comprensión de la igualdad y una cultura cívica basada en el acceso a la información pública y la transparencia. Todo ello se sostiene en el respeto a las instituciones, a la universidad, a la justicia, a la gente, a lo diverso, a los pesos y contrapesos; en órganos que no son súbditos, sino garantes de la democracia. A veces se marean y no lo entienden. A veces les gustan las pleitesías.
La democracia muere de a poco. Normalmente es así. No son comunes los procesos acelerados y repentinos de pérdida de los mínimos democráticos en un solo día. Con frecuencia, avanzan paso a paso. Ganan legítimamente elecciones. Mantienen un discurso popular. Incrementan simpatías. Lucha -dicen hacerlo- contra aquello que la gente quiere oír. Cuando surgen las antipatías, aparece la desesperación por atrincherarse y cerrar frentes. Suele buscarse una nueva Constitución. Pues la Constitución es un freno al poder, y entonces estorba cuando lo limita. Luego, se intenta tomar los órganos de justicia, fiscalización y control; también aquellos que administran los procesos electorales. Se infunde temor en la línea editorial de los medios independientes. Se practica la incautación o, si hay recursos, la adquisición de medios privados.
La ley pasa a ser una burla, porque “por esta vez” hay que dejar de ser tan puristas. La fuerza pública se sostiene con bonos y apoyos. A los incondicionales se los premia con prebendas: cargos, embajadas, influencias ridículas en cualquier ámbito y la sensación de poder. Llega el turno de la prisión para opositores e incómodas voces. Luego, incluso para los propios acólitos. La historia lo cuenta.
Muchos aplauden, porque el discurso repite la muletilla de luchar contra alguien o contra algo “por el bien de todos”; pero ese es solo el discurso: la consigna real es tomárselo todo. Después, cuando la gente despierta —cuenta la historia—, los mismos serviles que prefirieron el esbirrismo antes que los principios son desterrados y eliminados. Así es el calvario de la democracia. (O)
@jchalco






