¿Somos verdaderamente libres?

CON SABOR A MORALEJA

No es que no lo seamos, es que no sabemos qué hacer con la libertad. Nos gusta repetir que la anhelamos como si fuera un derecho que nos están quitando; pero cuando la libertad aparece real y cruda y sin instrucciones, lo primero que hacemos es buscar a alguien que nos diga qué hacer con ella.

Por eso seguimos tendencias como si fueran mandamientos; defendemos ideas con las que no comulgamos; repetimos opiniones ajenas con la misma facilidad con la que nos cambiamos de ropa. Y no porque creamos en ellas, sino porque nos ofrecen una certeza, una identidad prefabricada que evita que nos esforcemos en construir una propia: una que esté hecha de lo que verdaderamente somos. Es más fácil asentir que cuestionar; es más cómodo creer todo lo que escuchamos o vemos que corroborar su veracidad.  

La libertad no viene con un manual que diga qué está bien o mal. No nos promete que acertaremos siempre, ni nos protege de cometer errores o hacer el ridículo. La libertad nos deja solos con nosotros mismos y ese es el gran problema: muy pocos disfrutan de su propia compañía sin un guion. Entonces, buscan instrucciones en todo lado: en líderes, en ideologías o en modas ridículas que imponen influencers ridículos. Siguen a pie juntillas cualquier voz que les suene lo suficientemente segura para reemplazar el vacío que les habita.

No importa si está equivocada, lo importante es que hable con firmeza porque esa firmeza tranquiliza, aunque finalmente sea una falacia. Y así entregamos nuestra capacidad de pensar y adoptamos conductas que nos prometen seguridad y estabilidad. De esta manera ya no tenemos que hacernos cargo de nuestras elecciones y aceptamos con alivio cuando alguien decide por nosotros.

Porque la libertad no es inspiradora ni bonita como la romantizan algunas películas o discursos. La libertad es inestable, es solitaria. Nos enseña a  equivocarnos sin echar la culpa a los demás. Implica sostener nuestras decisiones aun cuando estas no se sientan correctas. Y al final del día felicitarnos por lo que hemos logrado, hayamos obtenido o no el resultado que esperábamos. Porque todo en la vida es un aprendizaje. Y cuando lo vemos desde esa perspectiva, ya no nos martillamos la cabeza con el ¿por qué me pasa esto? sino ¿para qué me pasa esto? Y es ahí cuando la mente se expande y abraza lo que nos sucede como una oportunidad para evolucionar en un mejor ser humano. (O)

Lcda. Bridget Gibbs

Lcda. Bridget Gibbs

Periodista y escritora. Norteamericana de nacimiento, pero cuencana de corazón. Radicada en Cuenca desde hace 45 años. Lleva una década colaborando con la página editorial de El Mercurio.